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Sáhara Occidental: La ilusión de la victoria y la realidad de la dinámica de poder

Desde hace algunos meses, una campaña metódica intenta imponer una idea simple: el expediente del Sáhara Occidental estaría cerrado, sellado, vuelto irreversible. Según este relato, Marruecos no negociaría nada; únicamente formalizaría una soberanía ya adquirida. Washington, se afirma, tendría la misión de llevar al Frente Polisario a estampar su firma al pie de un acuerdo cuyos términos ya estarían escritos.

Este montaje busca provocar un efecto psicológico: crear la impresión de que la historia ya ha terminado. Sin embargo, en diplomacia, proclamar el fin de un conflicto no lo resuelve. La retórica puede preceder a la realidad; nunca la sustituye.

La Resolución 2797: un instrumento diplomático, no un cheque en blanco

La Resolución 2797 se presenta como la consagración definitiva de la autonomía bajo soberanía marroquí. Pero una lectura estratégica revela algo muy distinto.

El Consejo de Seguridad:

  • califica la iniciativa marroquí de “seria y creíble”;
  • llama a una solución política;
  • insiste en su carácter mutuamente aceptable.

Este último punto es fundamental. Una solución mutuamente aceptable no puede imponerse. Requiere consentimiento, una negociación auténtica y concesiones recíprocas. La resolución fija un marco de trabajo, no un desenlace.

Convertir una base de discusión en un veredicto final forma parte de la comunicación política, no del derecho internacional.


Autonomía: credibilidad condicionada

La propuesta de autonomía de 2007 era un documento conciso. Su versión ampliada —hoy presentada como detallada y sólidamente institucional— no surgió de un impulso espontáneo, sino de exigencias diplomáticas.

Una autonomía creíble no puede ser simbólica. Implica necesariamente:

  • un control real de los recursos naturales;
  • una gobernanza elegida con competencias sustanciales;
  • mecanismos de protección de derechos;
  • garantías internacionales efectivas.

La jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha recordado un principio ineludible: la explotación del territorio debe beneficiar al pueblo del Sáhara Occidental y no puede decidirse sin su consentimiento.

Es decir, el desafío no es sólo territorial; es económico, institucional y democrático.


Washington: potencia de impulso, no árbitro absoluto

El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí bajo la administración de Donald Trump modificó la correlación de fuerzas, pero no derogó el marco multilateral.
Estados Unidos puede acelerar, influir y orientar el proceso. No puede, por sí solo, redefinir el derecho internacional ni neutralizar a los otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Una solución impuesta bajo presión, sin garantías sólidas, generaría una paz frágil. Washington lo sabe: la estabilidad duradera exige una arquitectura creíble.


El principio inalterable: la autodeterminación

El referéndum previsto en 1991 nunca se celebró. Sin embargo, el principio de autodeterminación sigue plenamente vigente en el plano jurídico. El Enviado Personal del Secretario General, Staffan de Mistura, actúa dentro de este marco.
Ninguna resolución reciente ha eliminado este principio. Ninguna ha declarado imposible jurídicamente la independencia.

Afirmar que el abanico de posibilidades está cerrado no corresponde a ningún texto vinculante. El derecho internacional opera mediante formulaciones precisas, y éstas dejan la puerta abierta.


Las variables rusa y china: equilibrio de potencias

Imaginar un arreglo dictado exclusivamente por Washington equivale a ignorar la realidad del Consejo de Seguridad. Rusia, a través de Serguéi Lavrov, ha reiterado su compromiso con el principio de autodeterminación y con el estricto marco de la ONU.

China también defiende un enfoque multilateral y prudente.

En este sistema, ningún actor puede imponer un esquema definitivo sin considerar los equilibrios globales. El Sáhara Occidental es igualmente un expediente geopolítico.


Triunfalismo comunicacional vs. negociación real

En toda negociación, cada parte proyecta una imagen de fuerza. Afirmar “no negociamos nada” puede servir para consolidar la opinión interna. Pero la mera existencia de conversaciones, la producción de documentos revisados y la implicación de actores internacionales demuestran que la fase actual dista mucho de ser una formalidad administrativa.

Negociar implica aceptar concesiones potenciales. Si nada estuviera en discusión, ninguna arquitectura diplomática sería necesaria.


El factor estructural: recursos y legitimidad

El núcleo silencioso del conflicto sigue siendo la cuestión de los recursos naturales: fosfatos, pesca, potencial energético. Estos elementos moldean los intereses. Y el derecho internacional contemporáneo vincula la explotación de recursos al consentimiento del pueblo concernido.
Cualquier solución que ignore esta dimensión sería jurídicamente impugnable y políticamente inestable.

La legitimidad no se decreta. Se construye.


Conclusión: un conflicto aún abierto

El intento de congelar el expediente en un relato de victoria definitiva pertenece más a la estrategia psicológica que a la realidad diplomática.

La Resolución 2797 traza un marco, no un final.

La autonomía es una propuesta, no una obligación aceptada.

Estados Unidos influye, pero no decide en solitario.

Las grandes potencias equilibran; no desaparecen.

Y mientras el principio de una solución “mutuamente aceptable” siga vigente, ninguna firma puede considerarse asegurada de antemano.

En los conflictos prolongados, la retórica suele preceder a la historia. Pero siempre son el derecho, las relaciones de fuerza y la legitimidad política quienes escriben la conclusión.


Por Belgacem Merbah



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