El prolongado cierre de la GME inversa: una tensión que revela la fragilidad energética de Marruecos
La interrupción de los flujos de gas durante más de cuatro días a través del gasoducto Magreb‑Europa (GME), operando en modo de flujo inverso desde España hacia Marruecos, no fue un incidente técnico menor. Fue un momento de verdad. A partir del 21 de marzo de 2026, los suministros se reanudaron de manera vacilante antes de detenerse nuevamente el 27 de marzo, sin superar en ningún momento el 30 % de su capacidad nominal. A pesar de su brevedad, el episodio dejó al descubierto las fragilidades estructurales profundas que sostienen la arquitectura energética marroquí.
Una cadena de suministro bajo presión
Durante dos breves días, el 25 y el 26 de marzo, los volúmenes de gas destinados a Marruecos alcanzaron un máximo aproximado de 833.000 metros cúbicos diarios, antes de caer nuevamente a cero. Esta volatilidad reflejó la fuerte contracción de las llegadas de gas natural licuado (GNL) a los terminales españoles, en particular Huelva, un punto de entrada clave para el gas que abastece al sistema marroquí. Allí, los volúmenes regasificados descendieron por debajo del umbral del millón de metros cúbicos, señalizando un endurecimiento general de la oferta disponible en España.
Huelva no fue un caso aislado. Otros terminales, como Barcelona, registraron niveles de actividad igualmente reducidos, dibujando el panorama de un sistema gasista ibérico operando bajo tensión. Lo que a primera vista parecía un problema marroquí era, en realidad, la manifestación aguas abajo de un cuello de botella regional más amplio.
La ilusión del flujo inverso
Desde el cese del tránsito del gas argelino por el GME en 2021, Marruecos ha dependido de un esquema alternativo: compras de GNL en los mercados internacionales, regasificación en España y posterior entrega a través del gasoducto en sentido inverso. Esta arquitectura evitó un choque inmediato, pero los acontecimientos de marzo de 2026 pusieron en evidencia sus limitaciones estructurales.
El sistema descansa sobre una acumulación de dependencias: acceso a cargamentos de GNL, disponibilidad de capacidad en los terminales españoles, ritmo de regasificación, arbitrajes de red y prioridades de terceros. Cuando uno de estos elementos falla, toda la cadena se estremece.
Las cifras son elocuentes. Desde comienzos de 2026, Marruecos ha importado aproximadamente 154 millones de metros cúbicos de gas a través del GME, mientras que su demanda anual para la sola generación eléctrica se aproxima a mil millones de metros cúbicos. El gas representa apenas el 11 % del mix eléctrico, pero incluso una interrupción temporal traslada la carga hacia el carbón y el fuelóleo: opciones más costosas, más contaminantes y estratégicamente regresivas.
Seguridad energética con encuadre político
Más allá de las infraestructuras y de las moléculas, aparece la geopolítica. La seguridad energética marroquí sigue estrechamente ligada a equilibrios diplomáticos regionales. Argelia mantiene una negativa constante a reabrir el tránsito de gas por territorio marroquí y privilegia, en su lugar, las exportaciones directas a España a través de Medgaz. Para Rabat, esta realidad reduce de forma considerable el margen estratégico a medio y largo plazo.
El nervio invisible del gas
La lección profunda de marzo de 2026 no es eléctrica: es industrial.
Marruecos ha tendido a presentar la cuestión del gas como un asunto de kilovatios‑hora, como si se tratara de un combustible más, sustituible según las circunstancias. Esta lectura es tranquilizadora —y radicalmente errónea—. Aunque los sistemas eléctricos pueden, en situaciones extremas, sustituir una fuente por otra, la industria no puede hacerlo. Y es la industria, no la iluminación, la que ancla el poder económico.
En el sector de los fertilizantes, el gas no es una energía accesoria: es un insumo fundamental. Los procesos industriales convencionales dependen del gas para producir hidrógeno y luego amoníaco, la base química de los fertilizantes nitrogenados. A partir de ahí se despliega toda la cadena: fosfatos, ácido fosfórico, fertilizantes finales, donde se concentra el valor añadido. El gas está incrustado en la propia química; su precio y su disponibilidad determinan directamente los costes de producción.
Por ello, la interrupción del flujo inverso del GME debe interpretarse como una advertencia sistémica. La electricidad puede “gestionarse” a mayor coste; la química no. No tolera la interrupción, la aproximación ni la volatilidad. En un mercado mundial de fertilizantes altamente competitivo, la inestabilidad energética se transforma rápidamente en fragilidad industrial: márgenes comprimidos, competitividad erosionada, arbitrajes costosos y mayor dependencia de las importaciones.
La estrategia revela la verdad
No se trata de una hipótesis teórica. La propia estrategia industrial de Marruecos es reveladora. Las importantes inversiones en amoníaco verde no responden a un romanticismo climático, sino a un cálculo industrial lúcido. El amoníaco —y, por extensión, el gas fósil— constituye un cuello de botella estratégico que debe neutralizarse. Los proyectos en torno a Tarfaya y Jorf Lasfar, orientados a producir amoníaco a partir de hidrógeno renovable, buscan precisamente escapar de las vulnerabilidades asociadas a las cadenas de suministro basadas en hidrocarburos.
Dicho de otro modo: si hoy el amoníaco es estratégico, el gas lo fue en igual medida ayer.
Una prueba de resistencia, no un incidente
Desde esta perspectiva, incluso una interrupción temporal del flujo inverso actúa como una prueba de estrés. Revela la fragilidad de un sistema dependiente de una secuencia externa compleja: mercados de GNL, infraestructuras españolas y arbitrajes de terceros. Cuando el engranaje se bloquea, el consumidor final se enfrenta a una verdad incómoda: la dependencia no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma.
Las centrales eléctricas de gas cuentan, funcionan, y el flujo inverso permitió su reactivación. No es un detalle menor. Sin embargo, concentrarse únicamente en la electricidad es una ilusión óptica. La generación eléctrica es la parte visible del iceberg. El grueso se encuentra bajo la superficie: en los procesos industriales, las estructuras de costes y la ventaja competitiva.
El espejismo del carbón
La tentación de compensar recurriendo al carbón no hace sino profundizar la ilusión. El carbón puede ofrecer un alivio coyuntural en la generación eléctrica, pero no aporta ninguna solución al problema químico de fondo. Prolongar esta dependencia solo acumula penalidades: mayores costes económicos, restricciones ambientales, financiación más onerosa y pérdida de competitividad futura. No se corrige una vulnerabilidad estructural sustituyéndola por otra.
Más allá de los relatos, hacia los mecanismos
Por último, una reflexión sobre el discurso. Es legítimo cuestionar las narrativas mediáticas que minimizan vulnerabilidades estructurales. Pero el análisis riguroso no es polémica: es disección de mecanismos. Y aquí el mecanismo es claro: el gas no es una comodidad eléctrica; es un apalancamiento industrial. Reducirlo a una nota al pie del mix energético es ignorar el verdadero escenario, donde convergen la química, los costes, las importaciones y las relaciones de poder.
Se pueden discutir porcentajes, trazar curvas diarias o invocar “incidentes técnicos”. Pero la verdad esencial permanece: un país puede absorber un choque eléctrico puntual; sufre mucho más cuando su tejido industrial se vuelve rehén de insumos volátiles y de cadenas de suministro externalizadas.
Por Belgacem Merbah
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