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El shock estratégico de Marruecos: cuando la ilusión de protección occidental choca con las realidades geopolíticas

Desde hace varias décadas, Marruecos ha hecho una elección estratégica clara: anclar su doctrina militar y de seguridad en el sistema occidental. Rabat ha apostado masivamente por la interoperabilidad con los ejércitos de la OTAN, ha multiplicado los acuerdos de cooperación militar con Estados Unidos y las potencias europeas y, más recientemente, ha profundizado su cooperación tecnológica y de seguridad con Israel.

Esta orientación no era únicamente una política de modernización militar. Se basaba en una hipótesis estratégica fundamental: la integración en la arquitectura de seguridad occidental ofrecería a Marruecos una forma de protección implícita en caso de una crisis mayor.

Sin embargo, los recientes desarrollos geopolíticos en Oriente Medio —en particular las tensiones vinculadas a la confrontación con Irán— han empezado a sacudir esta convicción en varias capitales de la región.

El precedente del Golfo: alianzas costosas pero limitadas

Las monarquías del Golfo han invertido cientos de miles de millones de dólares en sus relaciones estratégicas con Estados Unidos. Han acogido importantes bases militares estadounidenses y firmado gigantescos contratos de armamento con la industria de defensa norteamericana.

Y, sin embargo, frente a la escalada de las tensiones regionales, una realidad se impone progresivamente: la prioridad estratégica de Estados Unidos en Oriente Medio sigue siendo, ante todo, la seguridad de Israel, aunque Washington mantenga asociaciones estrechas con varios Estados árabes.

Este hecho ha llevado a ciertas élites políticas y estratégicas de la región a cuestionarse la naturaleza real de las garantías de seguridad estadounidenses. Las alianzas militares y las inversiones colosales en la relación con Washington no significan necesariamente un compromiso automático de intervención en caso de un conflicto mayor.


Las interrogantes en Marruecos

Estas reflexiones encuentran hoy eco en Marruecos. Algunas figuras políticas marroquíes han mencionado públicamente los límites de la dependencia estratégica respecto a las grandes potencias.

El ex jefe de gobierno marroquí Abdelilah Benkirane recordó recientemente una advertencia formulada hace varias décadas por el expresidente egipcio Hosni Mubarak, quien afirmaba que los Estados que creen estar automáticamente protegidos por Estados Unidos podrían estar profundamente equivocados.

Esta observación remite a una pregunta simple pero fundamental: si potencias regionales mayores como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos —dotadas de un peso económico considerable en su relación con Washington— descubren los límites de la protección estadounidense, ¿qué garantía real puede esperar un país cuyo peso estratégico y económico es más limitado?


Un modelo de seguridad basado en alianzas

Desde hace muchos años, Marruecos se ha esforzado por consolidar su posición como socio privilegiado de Occidente. Esta estrategia se ha traducido en:

  • cooperación militar estrecha con Estados Unidos;
  • participación regular en ejercicios militares conjuntos;
  • acuerdos de seguridad con varios países occidentales;
  • un acercamiento militar y tecnológico con Israel.

El objetivo era claro: reforzar las capacidades militares del reino e inscribir su seguridad dentro de una red de alianzas internacionales.

Pero la historia de las relaciones internacionales recuerda regularmente una verdad fundamental: las alianzas no siempre se traducen en intervención directa cuando no están en juego los intereses vitales de las grandes potencias.


El desequilibrio militar en el norte de África a favor de Argelia

En este contexto, la cuestión del equilibrio militar en el Magreb se impone como un tema central. En caso de una crisis mayor en la región, la evolución de las relaciones de fuerza dependería ante todo de las capacidades nacionales, mucho más que de apoyos externos hipotéticos.

Argelia dispone, en este sentido, de un aparato militar estructurado y ampliamente dotado de equipamientos, encarnado por el Ejército Nacional Popular (ANP). Según varios rankings y evaluaciones especializadas, aparece regularmente entre las fuerzas más poderosas del norte de África. En un escenario de confrontación abierta, esta ventaja capacitaria pesaría fuertemente en el desenlace de las operaciones.

Para numerosos analistas, esta realidad confirma una constante: los equilibrios regionales descansan principalmente en la solidez interna de los Estados —su organización, sus medios y su autonomía estratégica— más que en promesas inciertas de apoyo exterior.


¿Un posible giro estratégico?

En el estado actual de las relaciones de fuerza, resulta difícil ignorar que la ventaja militar se inclina claramente hacia Argelia. Y es precisamente ahí donde yace el nudo del problema: cuando la realidad se impone, obliga a los discursos a disciplinarse y a las ambiciones a medir sus consecuencias.

Varios observadores estiman así que Rabat se verá llevado —tarde o temprano— a revisar sus objetivos estratégicos, especialmente allí donde la opción maximalista conduce al callejón sin salida: posturas expansionistas, huida hacia adelante retórica o endurecimiento del expediente del Sáhara Occidental.

Tal giro, si se confirmara, podría llevar a parte de las élites marroquíes a reconsiderar postulados que se han vuelto no solo costosos, sino también francamente contraproducentes.

Los tiempos han cambiado. Las recomposiciones del orden internacional recuerdan una verdad brutal que a menudo fingimos olvidar: las grandes potencias solo protegen sus propios intereses, y las "garantías" implícitas —esas promesas a medias, esas expectativas de apoyo exterior— resultan con frecuencia más frágiles que un cristal bajo tensión. El paraguas nunca está garantizado; se repliega en cuanto soplan los vientos de los intereses vitales.

En este contexto, numerosos analistas afirman que la estabilidad del Magreb no se construirá ni sobre la ilusión de patrocinadores lejanos ni sobre la política de hechos consumados, sino sobre un enfoque lúcido, pragmático y conforme a principios:

  • la desescalada y la reducción efectiva de las tensiones regionales;
  • una cooperación económica más densa, más inteligente y mutuamente provechosa;
  • el respeto del derecho internacional y de los procesos de descolonización, sin contorsiones ni aplazamientos indefinidos.

La historia no miente: la seguridad duradera de los Estados descansa menos en alianzas inciertas que en la estabilidad regional, un mínimo de confianza entre vecinos y un equilibrio estratégico gestionado con sangre fría en el tiempo.


Una advertencia necesaria para Argelia

Sin embargo, con perspectiva, Argelia —precisamente porque comprende la gramática de las relaciones de fuerza— no debe dejarse adormecer por una eventual “mano tendida” marroquí justo en el momento en que este punto de inflexión estratégico redistribuye las cartas. Marruecos ha demostrado demasiadas veces su preferencia por la maniobra táctica antes que por el compromiso de fondo.

El ejemplo de 1991 sigue presente en todas las memorias: cuando Rabat estaba debilitado, se anunciaron compromisos relativos a un referéndum en el Sáhara Occidental; luego todos vieron lo que valían, pues ese referéndum nunca tuvo lugar y la palabra dada no fue respetada.

Por ello, Argelia haría bien en utilizar esta relación de fuerza no para caer en la ilusión, sino para obtener por fin un arreglo serio, duradero y conforme al derecho. Debe apuntar a un desenlace definitivo, apoyado en mecanismos creíbles, verificables e irreversibles —y no en promesas sin garantías.

Porque en materia estratégica, la ingenuidad se paga cara: hay que escuchar las señales, leer los actos y no confundir nunca el oportunismo del momento con la sinceridad de una conversión. Las “arrepentidas” proclamadas solo comprometen a quienes las creen; los únicos compromisos válidos son los cumplidos.



Por Belgacem Merbah



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