GME: Cuando Argelia cerró el grifo… y obligó a Rabat a descubrir el verdadero precio de la hostilidad
El gasoducto Magreb‑Europa (GME) nunca fue una simple obra técnica. Durante un cuarto de siglo, sirvió de puente energético entre Argelia, Marruecos y la península ibérica, demostrando que un gasoducto puede funcionar incluso cuando la relación política se deteriora. Puesto en servicio el 1 de noviembre de 1996, el GME fue concebido desde 1990, construido entre 1993 y 1996, y continuó operando a pesar del cierre de las fronteras terrestres argelino‑marroquíes en 1994.
Sin embargo, lo ocurrido en 2021 marca un verdadero cambio de época: Argelia dejó de tratar el gas como una “herramienta de cooperación” y lo devolvió a su lógica real y profunda: la del coste, la soberanía y la disuasión.
1) En los orígenes: un proyecto europeo… con Marruecos en posición de renta
En su concepción inicial, el GME respondía a un objetivo claro: transportar el gas argelino hacia España y Portugal, transitando por Marruecos y el estrecho de Gibraltar. El gasoducto, de unos 1.300 km de longitud, fue presentado como un logro técnico‑económico y como un eje estructurante euro‑mediterráneo.
Dentro de esta arquitectura, Marruecos disfrutaba de una ventaja estratégica: ser país de tránsito siempre genera una renta —financiera, política y energética— y la historia del GME consolidó en Rabat la idea de que podía beneficiarse de un flujo que no producía.
2) 31 de octubre de 2021: fin del contrato, fin de las ilusiones
3) El desvío que lo cambia todo: Medgaz, la ruta directa que neutraliza la palanca marroquí
La pieza central del nuevo dispositivo se llama Medgaz: un gasoducto submarino que conecta directamente Béni Saf (Argelia) con Almería (España), en servicio desde 2011.
4) El “reverse flow”: Rabat no “encontró una solución”, cambió de dependencia
Desde finales de junio de 2022, el GME se reactiva en flujo inverso: Marruecos compra GNL en los mercados internacionales, lo regasifica en España y luego lo inyecta hacia Marruecos a través del gasoducto. España confirma este mecanismo desde los primeros flujos.
Así, Marruecos logró reactivar el suministro de sus centrales mediante la interconexión gasista Marruecos‑España en modo inverso. Pero no hay que equivocarse en la lectura: no es una victoria de autonomía, sino una dependencia reconfigurada. Rabat pasa a depender de las terminales españolas de GNL, de las capacidades de red y de las decisiones políticas y técnicas de un país de la UE.
5) El objetivo real: pagar el gas “al precio alto” y romper una ventaja competitiva
Contrariamente al discurso propagandístico según el cual “hemos sustituido el gas argelino”, el problema nunca fue la existencia de una molécula alternativa. El verdadero núcleo del asunto es el precio, la volatilidad y el impacto macroeconómico.
Al cerrar el GME por su lado, Argel retira a Marruecos el acceso a un gas que, a largo plazo, era percibido como un factor de competitividad. Desde entonces, el aprovisionamiento marroquí descansa mucho más en compras de GNL y en una cadena logística más costosa y más expuesta a los ciclos internacionales.
Y ahí radica la eficacia del golpe: Argelia no necesitaba “privar” a Marruecos de gas, sino eliminar la ventaja, hacer que la energía dejara de ser un argumento de competitividad fácil.
6) Electricidad: cuando el gas afecta a la inflación y a la industria (y no solo a las centrales)
El gas alimenta directamente el sistema eléctrico marroquí, especialmente a través de la central de Tahaddart (ciclo combinado de gas), que produjo el 6% de la electricidad distribuida en Marruecos en 2019 y sigue siendo presentada como un pilar del mix eléctrico nacional.
En Aïn Beni Mathar, la ONEE indica un proyecto capaz de inyectar cerca de 1.590 GWh/año en la red interconectada, ligado al suministro del GME, lo que ilustra la imbricación estructural entre este gasoducto y parte del equilibrio eléctrico marroquí.
Cuando la energía se encarece o se vuelve incierta, el impacto no queda confinado: se difunde hacia los costes de producción, los precios y, por tanto, la dinámica inflacionaria. No es un eslogan, sino la mecánica clásica de una economía altamente dependiente de las importaciones energéticas.
7) Importar electricidad desde España: el síntoma de la vulnerabilidad (incluso cuando “conviene”)
Tras 2021‑2022, Marruecos incrementó sus intercambios eléctricos con España. Diversas fuentes señalan un fuerte aumento de las importaciones marroquíes de electricidad española, hasta 1.512 GWh en los siete últimos meses de 2022, con periodos de gran presión sobre la interconexión.
Algunos artículos subrayan incluso que el mecanismo español de limitación de precios (“excepción ibérica”) pudo hacer relativamente atractiva, a corto plazo, la electricidad comprada en España. Paradójicamente, esto refuerza la idea central: Marruecos quedó dependiente de un ajuste de la política energética española.
En otras palabras, incluso cuando el precio parece “soportable”, la realidad es clara: Rabat no compra solo kilovatios‑hora, compra dependencia. Y en geopolítica, toda dependencia acaba pagándose tarde o temprano.
8) La trampa estratégica: Marruecos bajo arbitraje español… y europeo
El punto que Rabat no puede esquivar es simple: España es un Estado miembro de la UE, sometido a un marco de seguridad de suministro y a mecanismos de solidaridad energética reforzados desde la crisis. La UE prioriza la protección de los consumidores y las obligaciones de solidaridad en situaciones de crisis gasista.
En caso de choque grave sobre la oferta (tensiones geopolíticas, alza del GNL, competencia intraeuropea por las capacidades), las decisiones sobre las infraestructuras españolas —terminales de GNL, redes, interconexiones— se orientarán primero hacia las prioridades nacionales y europeas. Esa es la fragilidad marroquí: no contar con capacidad nacional equivalente de regasificación y depender de un “servicio” externo.
9) ¿“Negociaciones secretas” Argelia–Marruecos sobre el GME? Un mito útil… pero poco creíble
Conviene ser claro: el GME sigue existiendo en su tramo marroquí‑español y opera en flujo inverso, con tareas de mantenimiento y explotación descritas por actores industriales.
Pero volver al esquema anterior —el tránsito del gas argelino por Marruecos— implicaría una decisión política argelina de recrear una ventaja en favor de un vecino considerado hostil. Sin embargo, todo lo público desde 2021 apunta a lo contrario: Argelia consolidó la ruta directa (Medgaz) y asumió plenamente el fin del tránsito.
Sí, los rumores sirven para tranquilizar a la opinión pública y vender “retornos inminentes”. Pero la lógica estratégica es fría: un regalo geopolítico no regresa cuando la relación está rota.
Conclusión — El mensaje de Argel: “Tratar a Argelia como enemiga tiene un coste”
En definitiva, el cierre del gasoducto Magreb‑Europa no puede interpretarse como una dificultad técnica ni como un accidente coyuntural. Constituye ante todo un mensaje político claro y deliberado: el fin de una situación en la que Marruecos se beneficiaba, directa o indirectamente, de una ventaja energética heredada de una época en la que se fingía separar la economía de la geopolítica.
Desde entonces, Rabat conserva la posibilidad de abastecerse de gas en los mercados internacionales, sí. Pero esta opción implica una cadena de suministro más costosa y más expuesta, un paso obligatorio por España y una mayor vulnerabilidad ante tensiones en el mercado europeo del gas o en las capacidades de transporte y regasificación. Precisamente esa era la demostración que Argel quería hacer: una postura hostil tiene un coste, y ese coste es todo menos abstracto. Se mide en competitividad erosionada, nuevas fragilidades estructurales y dependencias energéticas desplazadas.
Resulta, por tanto, sorprendente ver a algunos comentaristas marroquíes multiplicar conjeturas sobre un supuesto déficit de ingresos para Argelia tras el cierre del GME. Tal lectura se basa en un análisis superficial y oculta las realidades económicas del dossier.
Al poner fin al tránsito por el GME, Argelia dejó de pagar derechos de paso a Marruecos y puso término a la venta de un gas suministrado en condiciones preferenciales, ampliamente desvinculadas de los precios de mercado. Todo ello representa ahorros sustanciales, estimados en torno a mil millones de dólares anuales.
Además, los volúmenes antes transportados por gasoducto no se perdieron: se redirigieron hacia la exportación en forma de gas natural licuado (GNL), un segmento estructuralmente más rentable. A diferencia del gas por gasoducto, sujeto a contratos de largo plazo con precios más rígidos, el GNL ofrece mayor flexibilidad comercial y una valorización superior, lo que incrementa mecánicamente los ingresos de exportación argelinos.
A ello se suma un activo logístico determinante: Argelia dispone de su propia flota de buques metaneros, lo que le permite capturar también el valor añadido del transporte marítimo. El beneficio es, por tanto, doble: económico, por una mejor valorización del recurso, y estratégico, por el control de toda la cadena logística.
En suma, en lugar de entregarse a especulaciones imprecisas sobre supuestas ganancias o pérdidas de Argelia, algunos observadores harían mejor en centrarse en los desequilibrios energéticos estructurales a los que se enfrenta su propio país. Porque ahí es donde se encuentran los verdaderos desafíos económicos y estratégicos, y no en narrativas destinadas a ocultar una realidad cada vez más difícil de rebatir.
Por Belgacem Merbah
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