En todo conflicto moderno, la narrativa precede a las bombas. Mucho antes de que se disparen los primeros misiles — meses, a veces años de antelación — una historia cuidadosamente construida ha preparado ya a la opinión mundial para aceptar lo inaceptable. La guerra contra Irán no constituye excepción alguna a esta regla. Sin embargo, algo en este conflicto particular resiste la lógica habitual de la comunicación en tiempos de guerra: ni Washington ni Tel Aviv han articulado jamás, de forma clara, estable y coherente, sus objetivos estratégicos y tácticos. Esta ausencia de claridad, lejos de ser un accidente o un fracaso comunicacional, constituye en sí misma un indicador analítico de primer orden.
Pues cuando las guerras se libran en persecución de objetivos legítimos y reconocidos, dichos objetivos se proclaman en voz alta y con orgullo. La historia recuerda la precisión con que la coalición de 1991 definió su mandato limitado: expulsar al ejército iraquí de Kuwait, nada más. Recuerda también la claridad — por muy asentada en el engaño que estuviera — con que la administración Bush justificó la invasión de Iraq en 2003. En la guerra contra Irán, esa claridad brilla por su ausencia de manera llamativa, casi deliberada. Y esta ausencia exige un examen serio y riguroso.
I. La Incoherencia Estratégica como Síntoma, No como Causa
Objetivos Declarados que Cambian con el Viento
Desde el estallido de las hostilidades, los objetivos proclamados oficialmente por Estados Unidos e Israel han sufrido variaciones tan significativas que desafían toda lógica estratégica coherente. Según el período y el interlocutor, la misión declarada ha consistido alternativamente en destruir las capacidades nucleares iraníes, neutralizar las milicias pro-iraníes en toda la región, debilitar el régimen de los Mulás como preludio a un cambio de gobierno, o simplemente responder a la provocación más reciente del momento.
Esta inestabilidad de los objetivos declarados no puede explicarse mediante la simple improvisación táctica inherente a cualquier teatro de operaciones. Revela algo más fundamental: los objetivos declarados no son los objetivos reales. Los estrategas militares y analistas geopolíticos denominan esto el velo del engaño estratégico — el arte de disimular las verdaderas intenciones tras una pantalla de propósitos anunciados, diseñada para movilizar apoyos, neutralizar oposiciones y oscurecer la comprensión del adversario sobre lo que verdaderamente está en juego.
La Ausencia de una Definición de la Victoria
Un indicador analítico adicional e igualmente decisivo reside en la incapacidad — o la negativa — de ambas potencias beligerantes a definir cómo luciría la victoria. En toda guerra librada por propósitos genuinos y reconocidos, los líderes políticos pueden responder a la pregunta: ¿Cuándo sabremos que hemos ganado? En la guerra contra Irán, esa pregunta permanece sin respuesta clara ni creíble. Esta niebla no es inocente. Sugiere que la guerra en sí misma — su trayectoria, su desgaste, sus efectos desestabilizadores — es el objetivo, mucho más que cualquier triunfo concluyente.
II. La Anatomía de una Trampa: Reproducir la Lógica de la Guerra Irán-Iraq
Un Precedente Histórico Iluminador
Para comprender lo que verdaderamente se está desarrollando, es preciso regresar al precedente de la guerra Irán-Iraq de 1980 a 1988. Ese conflicto devastador — que se cobró entre 500.000 y un millón de vidas según diversas estimaciones — fue en gran medida alentado, instrumentalizado y deliberadamente prolongado por potencias externas cuyos intereses convergían en el agotamiento simultáneo de ambos beligerantes. Estados Unidos e Israel proporcionaron, en distintos grados y en diferentes momentos, inteligencia, armamento y apoyo logístico a ambos bandos — no para asegurar la victoria de ninguno, sino para garantizar que ninguno prevaleciera, y que ambos se desangraran hasta la ruina.
Las consecuencias para la región fueron catastróficas: dos países vecinos drenados hasta los huesos, economías arrasadas, generaciones enteras diezmadas, y tensiones intra-musulmanas — entre suníes y chiíes — avivadas durante décadas. Mientras tanto, Israel consolidó sus posiciones estratégicas, extendió su influencia regional y prosiguió su expansión en Cisjordania y Gaza sin verse perturbado por la perspectiva de una oposición árabo-musulmana unificada.
Reproducir el Modelo: Incendiar el Golfo Contra Irán
La tesis que desarrolla este artículo es que la estrategia desplegada hoy contra Irán busca precisamente reproducir, en condiciones geopolíticas diferentes, la lógica devastadora de la guerra Irán-Iraq. El objetivo no declarado consistiría en arrastrar a los países del Golfo — Arabia Saudí en primer lugar, seguida de los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y otros — a un conflicto directo o por delegación contra Irán, explotando las tensiones históricas, doctrinales y geopolíticas entre el mundo sunita del Golfo y la República Islámica chií.
Semejante conflicto produciría exactamente los efectos deseados: el agotamiento de los recursos humanos y financieros del Golfo, la destrucción de las capacidades militares iraníes, la desestabilización prolongada de toda la región y — por encima de todo — la fragmentación permanente de un espacio árabo-musulmán que, unido, constituye una fuerza geopolítica de una magnitud completamente distinta.
La Declaración de Netanyahu: Una Confesión Involuntaria
A esta luz, la declaración de Benjamin Netanyahu — según la cual los musulmanes suníes y chiíes son por igual enemigos de Israel — adquiere una significación analítica considerable. Constituye, a su manera, una admisión involuntaria de la lógica más profunda en funcionamiento.
Pues si suníes y chiíes son percibidos indistintamente como enemigos, entonces el objetivo no puede ser simplemente la destrucción del régimen iraní chií. Es algo más fundamental: el debilitamiento del mundo musulmán en su conjunto, con independencia de sus divisiones doctrinales internas. En esta cosmovisión, la guerra intermusulmana no es un lamentable efecto secundario — es el propósito mismo. Es el mecanismo mediante el cual se logra este debilitamiento integral sin necesidad de llevarlo a cabo directamente, dejando que los pueblos de la región se destruyan mutuamente en nombre de divisiones que siglos de convivencia imperfecta pero real habían conseguido, pese a todo, mantener bajo control.
III. La Lucidez Estratégica del Mundo Árabe: Rechazar la Trampa
Una Percepción Afilada por la Historia y el Sufrimiento
Que este escenario no se haya materializado plenamente hasta el momento se debe en gran medida a la lucidez estratégica demostrada por las principales capitales árabes. Esta lucidez no surgió de la nada. Es el fruto arduamente ganado de una historia dolorosa que ha enseñado a los líderes de la región a reconocer las trampas en las que tropezaron sus predecesores.
Los países del Golfo, en particular, han asimilado las lecciones de la guerra Irán-Iraq. Fueron testigos de cómo ese conflicto — en el que algunos de ellos se habían dejado arrastrar, financiera y políticamente, del lado del Iraq de Saddam Hussein — produjo efectos desestabilizadores de larga duración. Vieron cómo Iraq, lejos de ser el aliado fiable que se les había prometido, se volvió contra Kuwait en cuanto terminó la guerra. Midieron el coste de una estrategia de alineamiento ciego con potencias externas cuyos intereses no coinciden con los propios.
El Punto de Inflexión de la Normalización y Sus Límites
Los Acuerdos de Abraham de 2020 parecían abrir el camino hacia la integración de los países del Golfo en una arquitectura regional alineada con Israel y Estados Unidos. Pero la guerra en Gaza, desencadenada tras los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, reconfiguró profundamente los cálculos de las capitales árabes. La magnitud de la destrucción en Gaza, la aparente indiferencia de Washington ante las bajas civiles palestinas, y las declaraciones cada vez más abiertamente expansionistas de la derecha israelí hicieron políticamente imposible que los líderes árabes se asociaran públicamente con la estrategia americano-israelí en la región.
Más fundamentalmente, los países del Golfo llegaron a percibir, con creciente agudeza, que la lógica de la confrontación total con Irán los expondría a riesgos existenciales de considerable magnitud sin ninguna garantía seria de protección por parte de Washington. La pregunta que se han formulado no es ideológica — es brutalmente pragmática: ¿En qué tipo de mundo viviremos a la mañana siguiente de una gran guerra regional? Y la respuesta, en cada cancillería del Golfo, es que ese mundo les resultaría incomparablemente menos favorable que el orden presente, con todas sus imperfecciones.
La Diplomacia Árabe de Desescalada
Es, en este sentido, profundamente significativo que la normalización de las relaciones saudí-iraníes se alcanzara en 2023 bajo mediación china. La elección de Pekín como mediador, en detrimento de Washington, constituye una señal geopolítica de primera importancia. Significa que los países del Golfo optaron por relacionarse directamente con su vecino iraní, sobre la base de intereses mutuos, en lugar de permanecer prisioneros de una lógica de confrontación impuesta desde el exterior.
Este movimiento árabe hacia la desescalada es precisamente el desmantelamiento de la trampa estratégica descrita en este artículo. Al negarse a desempeñar el papel que Washington y Tel Aviv parecían haberles asignado en un gran escenario de guerra regional, los estados árabes ejercieron su genuina agencia estratégica propia y propinaron una contundente refutación a quienes los consideran meras variables de ajuste en una ecuación geopolítica cuyos parámetros son controlados enteramente por otros.
IV. Las Implicaciones Geopolíticas de una Trampa Frustrada
Un Sistema Internacional en Recomposición Acelerada
El fracaso relativo de la estrategia de fragmentación regional tiene implicaciones que se extienden mucho más allá del teatro de Oriente Medio. Se inscribe en un reordenamiento más amplio del sistema internacional, en el que el monopolio americano sobre la definición de las grandes ecuaciones geopolíticas regionales está siendo desafiado con creciente intensidad.
China, Rusia, Turquía y, en menor medida, las potencias europeas tienen todas ellas interés en un Oriente Medio no sometido enteramente a la lógica americano-israelí. Sus intervenciones diplomáticas — a diferentes niveles y por diferentes medios — han contribuido a mantener abiertos canales de diálogo que de otro modo podrían haberse cerrado de manera permanente.
El Papel Potencial de Argelia
En este paisaje cambiante, Argelia ocupa una posición singular. Su historia, su tradición de no alineamiento, su consistente negativa a dejarse arrastrar por la lógica de los bloques en competencia, su capital de credibilidad entre las naciones del Sur Global y sus recursos energéticos — que la convierten en un socio indispensable para Europa — le confieren colectivamente una capacidad de influencia diplomática que supera lo que una medida estrecha de su poder militar o económico por sí solo sugeriría.
Argelia ha mantenido relaciones equilibradas con Irán sin alinearse con Teherán, ha preservado sus vínculos con los países del Golfo sin avalar sus políticas más aventuradas, y ha mantenido una distancia crítica respecto a Estados Unidos e Israel sin caer en la postura estéril de una oposición frontal y confrontacional. Este equilibrio, tan frecuentemente malinterpretado, es en realidad una de las expresiones más coherentes de una visión estratégica a largo plazo en un entorno regional de excepcional volatilidad.
Conclusión: Las Guerras Ocultas y el Imperativo de la Claridad
La historia de las relaciones internacionales está sembrada de guerras cuyos verdaderos objetivos no fueron comprendidos hasta décadas después de su conclusión. La guerra de Vietnam, presentada como una cruzada contra el comunismo, fue en realidad un intento de afirmar el control geopolítico sobre una región estratégica del Sudeste Asiático. La guerra de Iraq de 2003, vendida en nombre de la democracia y las armas de destrucción masiva, respondía a imperativos petrolíferos y geoestratégicos que los archivos desclasificados han sacado a la luz desde entonces.
La guerra contra Irán pertenece a esta larga tradición de conflictos de doble fondo, en los que la narrativa oficial sirve para movilizar y legitimar, mientras los objetivos reales — más cínicos, más profundamente arraigados, menos admisibles en la escena pública — prosiguen su curso a través de los corredores ocultos de la planificación estratégica. El objetivo de fragmentar el mundo musulmán avivando las llamas de una guerra árabo-iraní calcada sobre el modelo del conflicto Irán-Iraq representa, a esta luz, la lectura más coherente de una estrategia cuyas contradicciones declaradas no encuentran ninguna otra explicación satisfactoria.
Que los estados árabes hayan, en su gran mayoría, identificado esta trampa y rehusado caer en ella constituye uno de los hechos geopolíticos más significativos de esta era. Este rechazo colectivo no es meramente un acto de autopreservación nacional: es una afirmación de soberanía estratégica, un rechazo de la tutela y una demostración de que el mundo árabe, forjado por su dolorosa experiencia, es hoy capaz de leer las grandes maniobras geopolíticas con una lucidez que deshace los cálculos de quienes persisten en creerlo condenado a una ingenuidad perpetua.
La historia juzgará si esta claridad colectiva resulta suficiente para preservar a la región de un conflicto devastador. Pero ya desde ahora se erige como un hecho geopolítico de considerable peso — uno que merece ser analizado, documentado y, sobre todo, comprendido en toda la profundidad de su significado y en toda la amplitud de sus consecuencias.
Por Belgacem Merbah
Comentarios
Publicar un comentario