Hay coincidencias que, de tanto repetirse, dejan de serlo. Este jueves 30 de julio, día de la Fiesta del Trono en Marruecos, varios cientos de migrantes forzaron la frontera de Ceuta a nado, causando al menos nueve muertos y obligando a Madrid a desplegar refuerzos militares. Sobre el papel, un suceso trágico más en una frontera bajo tensión desde comienzos de año. En los hechos, el episodio se produce exactamente diez días después de la visita de Pedro Sánchez a Argel, un viaje concebido para saldar años de distanciamiento con Argelia — y percibido en Rabat como una auténtica provocación diplomática.
No creo en la casualidad de los calendarios en política exterior, y mucho menos cuando se trata de Marruecos y de la cuestión migratoria. Rabat ya demostró en el pasado, sobre todo durante la crisis de 2021, su capacidad para abrir o cerrar el grifo migratorio según sus intereses diplomáticos. No es una hipótesis teórica: es un método probado, un lenguaje que el Majzén domina mejor que nadie. Que ese lenguaje se reactive justo días después de un acercamiento hispano-argelino contrario a sus intereses no me parece, en absoluto, accidental.
Lo que hace el episodio aún más inquietante es cómo encaja con la situación política interna de Sánchez. El jefe del gobierno español afronta esta crisis ya debilitado, entre dos fuegos: el de Vox — cuyo representante en Ceuta, Juan Sergio Redondo, exigió de inmediato su dimisión y la de su ministro del Interior — y el de Donald Trump, que en los últimos días ha multiplicado los ataques públicos contra la gestión española de los asuntos migratorios y diplomáticos. Que Rabat elija precisamente este momento para dejar que la presión aumente en Ceuta sirve, se quiera o no, a los intereses convergentes de ambos actores: humillar a Sánchez en el terreno donde es estructuralmente más vulnerable, y alimentar el relato de un gobierno desbordado por los acontecimientos.
Se me objetará que el aumento de las llegadas está documentado desde enero, mucho antes del viaje a Argel, y que ningún servicio de inteligencia, ningún gobierno, ha establecido formalmente un vínculo entre estos tres elementos — Marruecos, Trump y la caída orquestada de Sánchez. Es cierto, y la honestidad intelectual obliga a reconocerlo: nada de esto está probado en un sentido judicial o diplomático. Pero la ausencia de prueba formal no borra la coherencia del cuadro. En política, las intenciones nunca se firman; se leen en la convergencia de intereses y en el momento en que ocurren los hechos. Y ese momento, en este caso, resulta elocuente.
Si esta lectura es acertada, Sánchez enfrenta hoy mucho más que una crisis humanitaria en su frontera sur: una tenaza política en la que confluyen, cada uno por sus propias razones, un vecino marroquí molesto por su acercamiento a Argelia, una extrema derecha española que solo esperaba un pretexto para rematarlo, y una administración estadounidense que ha hecho de él un blanco. Queda por ver cuánto tiempo puede resistir un gobierno cuando la propia frontera se convierte en un arma en manos de sus adversarios.
Belgacem Merbah
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