Según ciertos discursos en Marruecos, Ceuta y Melilla serían territorios españoles condenados por su propia geografía: dos ciudades europeas situadas en suelo africano, rodeadas por territorio marroquí y destinadas, tarde o temprano, a reintegrarse a su entorno natural.
Esta interpretación posee una innegable fuerza simbólica. Alimenta el imaginario nacional y encuentra amplia resonancia en determinados sectores mediáticos marroquíes. Sin embargo, cuando se analizan los hechos desde una perspectiva diplomática y estratégica, la realidad resulta considerablemente más matizada.
Porque, aunque Marruecos mantiene una reivindicación histórica sobre ambas ciudades, nunca ha desarrollado una estrategia internacional integral orientada a modificar su estatus de manera comparable a la empleada en otros asuntos considerados prioritarios. En la práctica, Rabat conserva la reivindicación mientras cultiva una relación pragmática y cooperativa con Madrid, basada en intereses mutuos e importantes interdependencias estratégicas.
Una reivindicación más simbólica que diplomática
Para comprender este asunto, es fundamental distinguir entre dos planos diferentes: la retórica política dirigida a la opinión pública y la acción diplomática efectivamente llevada a cabo por el Estado.
Históricamente, Marruecos ha reivindicado los territorios españoles situados en el norte de África. Sin embargo, contrariamente a lo que sugieren ciertos discursos nacionalistas, Ceuta y Melilla no ocupan hoy el mismo nivel de prioridad diplomática que otros expedientes considerados estratégicos.
Rabat no impulsa una campaña internacional sostenida para obtener la transferencia de estos territorios. Tampoco ha construido una amplia coalición diplomática destinada a cuestionar su estatus ni ha intentado imponer negociaciones específicas sobre su soberanía. Más aún, Marruecos no actúa como un Estado que considere la presencia española en ambas ciudades una situación intolerable que deba modificarse de forma inmediata.
La reivindicación existe principalmente en el plano discursivo. Es alimentada por determinados medios de comunicación, redes sociales y sectores nacionalistas, mientras que la diplomacia marroquí adopta una actitud mucho más prudente.
La geografía no crea soberanía
Los defensores de la narrativa marroquí suelen insistir en la realidad geográfica de Ceuta y Melilla. Según esta visión, el hecho de que ambas ciudades estén enclavadas en el entorno marroquí sería prueba de que la soberanía española es artificial o insostenible.
Sin embargo, la geografía por sí sola no otorga soberanía.
La historia internacional ofrece numerosos ejemplos de territorios rodeados por otro Estado sin que ello cuestione automáticamente su situación jurídica o política. Ceuta y Melilla disponen de instituciones españolas, fuerzas de seguridad españolas, administración española y plena integración en el marco constitucional del Estado español.
Su proximidad a Marruecos genera naturalmente necesidades de cooperación, pero no altera su estatus legal ni político.
La geografía puede influir en las dinámicas estratégicas, pero no determina por sí sola la soberanía.
Instrumentos de presión que Rabat decide no utilizar plenamente
La narrativa marroquí destaca con frecuencia la dependencia de Ceuta y Melilla respecto a su entorno inmediato. Sin embargo, si Rabat considerara realmente la recuperación de estas ciudades una prioridad absoluta, podría tratar de explotar de forma sistemática determinadas vulnerabilidades económicas, logísticas o administrativas.
En la práctica, no lo ha hecho.
Esta moderación responde a una realidad geopolítica fundamental: la relación entre Marruecos y España se basa en una interdependencia mutua.
Madrid necesita la cooperación marroquí en ámbitos como la gestión migratoria, la seguridad, el intercambio de inteligencia y la lucha contra el tráfico ilegal. Al mismo tiempo, Marruecos obtiene importantes beneficios de una relación estable con uno de sus principales socios europeos.
Por ello, la frontera no constituye únicamente un instrumento de presión. También representa un espacio donde ambos países tienen interés en preservar la estabilidad.
Perejil: una lección estratégica duradera
La crisis del islote de Perejil en julio de 2002 sigue siendo uno de los episodios más reveladores de este debate.
Cuando Marruecos intentó establecer una presencia en el islote disputado, España respondió rápidamente mediante una operación militar que restableció la situación anterior.
El episodio transmitió un mensaje claro: Madrid no consideraba la proximidad geográfica una razón para renunciar a la defensa de sus intereses territoriales.
Para Marruecos, la crisis también puso de manifiesto los límites de una estrategia basada en hechos consumados. La geografía, por sí sola, resultó insuficiente para alterar un equilibrio más amplio de naturaleza política, diplomática y militar.
Desde entonces, la prudencia parece haberse convertido en un elemento central de la estrategia marroquí. La confrontación directa ha sido sustituida en gran medida por una política orientada a gestionar y aprovechar las interdependencias existentes.
La verdadera influencia marroquí: la negociación
Marruecos dispone indudablemente de importantes instrumentos de influencia en sus relaciones con España y con la Unión Europea.
La gestión de los flujos migratorios, el control fronterizo, la cooperación en materia de seguridad y la lucha contra las redes de tráfico le otorgan una posición significativa en sus relaciones con los socios europeos.
No obstante, dicha influencia pertenece al ámbito de la negociación y no al de la soberanía.
España puede necesitar la cooperación marroquí sin que ello implique aceptar ninguna reivindicación sobre Ceuta o Melilla. Confundir interdependencia funcional con soberanía política constituye precisamente una de las principales debilidades de la narrativa nacionalista sobre estas ciudades.
Dos discursos marroquíes, una misma estrategia
El contraste entre el discurso interno y la práctica diplomática resulta especialmente revelador.
Dentro de Marruecos, la reivindicación de Ceuta y Melilla sigue ocupando un lugar relevante en el debate público y en determinadas expresiones del nacionalismo.
Sin embargo, en la relación con España las prioridades son otras: cooperación en seguridad, gestión migratoria, comercio, inversiones, intercambio de información y estabilidad regional.
Esta dualidad no es casual. Responde a un cálculo político racional.
Mantener viva la reivindicación en el espacio público permite conservar un símbolo de valor nacional, mientras que preservar una relación constructiva con Madrid evita los elevados costes económicos y diplomáticos que implicaría una confrontación directa.
El pragmatismo por encima de la confrontación
La razón principal de esta cautela es estratégica.
España constituye uno de los socios económicos más importantes de Marruecos y una puerta de acceso esencial al mercado europeo. Desempeña además un papel fundamental en los ámbitos del comercio, la inversión, la migración y la cooperación en materia de seguridad.
Una confrontación territorial abierta resultaría, por tanto, extremadamente costosa para Rabat.
Por ello, Marruecos ha adoptado una estrategia que le permite conciliar dos objetivos: mantener una reivindicación histórica de elevado valor simbólico y, al mismo tiempo, preservar una relación estable y beneficiosa con España.
Conclusión: detrás de la retórica, prevalece el realismo
La cuestión de Ceuta y Melilla pone de relieve la distancia que puede existir entre la retórica política y la práctica diplomática.
La reivindicación continúa presente en el discurso público marroquí y conserva una fuerte carga simbólica. Sin embargo, en la práctica, Rabat ha evitado cuidadosamente transformar esa reivindicación en una política sostenida de confrontación directa con Madrid.
Desde la crisis de Perejil, la estrategia parece haber evolucionado hacia el uso de la geografía, la migración, la cooperación en seguridad y las interdependencias como instrumentos de negociación, más que hacia cualquier intento de alterar el statu quo mediante la escalada.
Por ello, la idea de que Ceuta y Melilla son territorios españoles "condenados" por la geografía parece ampliamente exagerada. La dependencia funcional no equivale a soberanía. La proximidad geográfica no constituye un título de propiedad. Y la cooperación con Marruecos no implica reconocimiento alguno de soberanía marroquí.
Quizá el elemento más revelador sea precisamente la conducta del propio Marruecos. A pesar de décadas de retórica nacionalista, Rabat continúa privilegiando la estabilidad, el diálogo y la cooperación pragmática con Madrid.
En definitiva, detrás del discurso sobre la soberanía se encuentra una política caracterizada por el realismo estratégico y una actitud mucho más pragmática hacia España de lo que sugieren algunos relatos nacionalistas.
Por Belgacem Merbah
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