El 10 de septiembre de 2026, Argel rompió sus relaciones diplomáticas con Abu Dabi. Ese mismo día, mil kilómetros al sur, dos rehenes europeas retenidas durante más de un año eran liberadas en el Sahel. Ningún hilo causal directo une ambos hechos; sin embargo, cuentan la misma historia.
I. Los hechos
En un comunicado de apenas unas líneas, el Ministerio argelino de Asuntos Exteriores puso fin a décadas de relaciones con los Emiratos Árabes Unidos. El texto denuncia la multiplicación de actuaciones provocadoras u hostiles por parte de Abu Dabi, afirma que Argel ha dado muestras de contención y ha reiterado sus advertencias, y concluye que tales actuaciones han alcanzado los límites de lo admisible o tolerable en el marco de las relaciones entre dos Estados soberanos.
El embajador emiratí, convocado ese mismo día a la sede del ministerio, fue notificado formalmente de la decisión y dispuso de cuarenta y ocho horas. Por la noche, el Ministerio de Defensa Nacional cerró el espacio aéreo argelino a las aeronaves militares y civiles emiratíes con efecto desde medianoche, con la única excepción de los vuelos comerciales con destino al aeropuerto de Argel, mantenidos hasta la expiración del contrato a finales de año.
La decisión sorprendió por su brusquedad, no por su existencia. Es la culminación de un proceso lento y documentado, cuyos motivos responden menos al ánimo que a la geografía.
II. Un comunicado escueto, una escalada gradual
La trayectoria, en cambio, resulta perfectamente legible. En febrero de 2026, Argelia inició el procedimiento de denuncia del convenio de servicios aéreos firmado con los Emiratos en 2013 y ratificado al año siguiente: un gesto infrecuente, que afectaba a uno de los escasos pilares tangibles de la relación bilateral. En enero y de nuevo en julio de 2026, el presidente Abdelmadjid Tebboune reiteró públicamente sus acusaciones. Preguntado en julio por qué no había roto aún, explicó que deseaba evitar que se ahondaran las divisiones del mundo árabe. Seis semanas después, ese cálculo ya no se sostenía.
III. El Sahel: el núcleo del expediente
Ahí reside lo esencial. Argelia comparte cerca de seis mil kilómetros de frontera con Estados en crisis. Toda potencia exterior que financie, arme o apadrine a un actor saheliano modifica mecánicamente el entorno de seguridad argelino, sin consulta previa y sin asumir su coste.
Desde marzo de 2024, Tebboune formula el agravio en los mismos términos: dondequiera que haya conflicto, está presente el dinero de ese Estado, en Malí, en Libia, en Sudán. En julio de 2026 fue más lejos al declarar que allí donde ponen el pie, corre la sangre, calificando a los Emiratos de Estado minúsculo de impacto profundamente negativo y afirmando disponer de pruebas.
El contexto inmediato agudiza la lectura argelina. La relación con la Alianza de Estados del Sahel se desplomó tras la destrucción, en abril de 2025, de un dron maliense por la defensa antiaérea argelina cerca de la frontera común, seguida de una retirada recíproca de embajadores. A finales de agosto de 2026, Argel desplegó cazas en Niamey ante una tentativa de desestabilización del poder nigerino. En esa secuencia, Argelia percibe una arquitectura de influencia rival instalándose a sus puertas.
IV. Sudán y Libia: la cuestión de las redes
El expediente sudanés es el más grave. Desde 2023, diversas investigaciones periodísticas y trabajos diplomáticos atribuyen a los Emiratos un apoyo a las Fuerzas de Apoyo Rápido, canalizado en particular a través de Chad y del este libio. Abu Dabi lo ha desmentido de forma constante.
Ese expediente converge con el libio, donde los Emiratos respaldan desde hace años al mariscal Jalifa Hafter. Para Argelia, Libia es una cuestión de seguridad directa: la frontera oriental, los flujos de armas, la profundidad estratégica del sur. Argelia ha defendido siempre una solución política interlibia sin vencedor militar; Abu Dabi apostó por un bando. El desacuerdo no es de estilo, sino de doctrina.
V. Marruecos, el Sáhara Occidental y la herencia de Abraham
El tercer eje es el de la rivalidad por delegación. El acercamiento emiratí a Rabat, cuando el Sáhara Occidental sigue siendo la línea vertebradora de la política exterior argelina, alimenta desde hace años la desconfianza de Argel. Los Emiratos fueron uno de los primeros Estados en abrir una representación consular en El Aaiún, a finales de 2020, al hilo de los acuerdos de normalización con Israel a los que se sumaron Abu Dabi y, después, Rabat.
Para Argel, el encadenamiento es coherente: una potencia financiera del Golfo, respaldada por una normalización con Israel, que respalda a su vez su influencia regional en el principal rival de Argelia. La ruptura de 2026 prolonga la lógica de la ruptura con Marruecos de agosto de 2021 y de la suspensión del tratado de amistad con España en marzo de 2022.
VI. La línea roja interna
Queda aquello que, en la doctrina argelina, constituye el punto de no retorno: la injerencia en los asuntos internos. En febrero de 2026, una acusación presidencial de tentativa de injerencia electoral marcó un umbral. Más recientemente, la prensa argelina informó de una intervención emiratí en el expediente de extradición desde España del antiguo empresario Ayoub Aissiou, así como de acusaciones de espionaje que el comunicado oficial no recogió.
La soberanía y la no injerencia no son, para Argel, elementos de lenguaje: constituyen el zócalo doctrinal heredado de 1962. Un Estado que toca el campo político interno argelino franquea un umbral cualitativamente distinto del de un simple desacuerdo regional.
VII. La economía del rescate: el expediente que de verdad importa
El 10 de septiembre de 2026, el mismo día de la ruptura, el Estado Islámico en el Sahel liberó a la austríaca Eva Gretzmacher y a la suiza Claudia Abbt. Secuestradas por separado en Agadez, en Níger —la primera el 11 de enero de 2025, la segunda el 13 de abril de 2025—, llevaban más de un año retenidas. Las circunstancias de su liberación, y la eventual existencia de contrapartidas, no se han hecho públicas. En agosto de 2026, el misionero estadounidense Kevin Rideout, secuestrado en Niamey en octubre de 2025, había sido liberado también tras nueve meses de cautiverio.
Estos casos exigen prudencia: no se ha confirmado ninguna cifra. Pero un precedente sí está documentado, y basta para plantear el problema. El 23 de septiembre de 2025, el general emiratí retirado Sheij Ahmed bin Maktum fue secuestrado en Sanankoroba, al sur de Bamako, junto a dos acompañantes. Según fuentes concordantes, su liberación a finales de octubre habría costado a los Emiratos alrededor de cincuenta millones de dólares, a los que se añadirían unos veinte millones en armas y municiones, además de la excarcelación de veinticinco detenidos yihadistas. Un informe del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas señala directamente a Abu Dabi. Según los mismos trabajos de la ONU, los rescates pagados en el Sahel entre 2015 y 2025 superarían los cuatrocientos millones de dólares.
Un rescate no es un gasto: es una inversión en el enemigo. Cincuenta millones de dólares equivalen a la soldada anual de varios miles de combatientes, a una capacidad de compra de armamento y a un poder de reclutamiento y de primas en zonas donde el Estado ya no paga a nadie. Diversos especialistas vinculan directamente ese pago con la ofensiva de la primavera de 2026 en Malí. Y el mecanismo se autoalimenta: cada nuevo récord de precio desencadena la siguiente oleada de secuestros, como se constató en las semanas posteriores.
VIII. Prospectiva: lo que se juega a doce o veinticuatro meses
Lo que cambia para Argelia no es un incidente más, sino la naturaleza misma de la amenaza. Se pasa de bandas depredadoras a protoadministraciones dotadas de profundidad financiera, capaces de sostener territorio, pagar soldadas y comprar lealtades. Tres vectores merecen vigilancia:
- La consolidación territorial en el Malí central y el oeste nigerino, donde el dinero se redistribuye más deprisa.
- El ascenso hacia el norte del Estado Islámico en el Sahel, organización que entró tarde en la economía del rehén y hoy está en condiciones de monetizarla.
- La presión sobre la franja fronteriza entre Tin Zauatin e In Guezzam, donde la contigüidad con el territorio argelino es máxima.
En el plano interestatal, la ruptura no cierra nada. Desplaza la confrontación hacia terrenos en los que ambos Estados siguen en contacto: el Sahel, Libia, Sudán, el Cuerno de África y los foros multilaterales.
IX. ¿De qué palancas dispone realmente Argel?
Aquí conviene la lucidez más que el estruendo. Si se admite que los grupos armados financiados desde el exterior solo se sostienen mientras dura el flujo, la conclusión operativa se impone por sí sola: no es la fuerza lo que los desgasta, sino el agotamiento de la financiación. La línea de ataque más eficaz contra la influencia emiratí en el Sahel es, por tanto, jurídica y financiera antes que militar.
Y ese es precisamente el terreno histórico de Argelia. Fue Argel quien impulsó la criminalización internacional del pago de rescates: el Memorando de Argel, adoptado en 2012 en el marco del Foro Mundial contra el Terrorismo, y después la Resolución 2133 del Consejo de Seguridad, en 2014. Un informe de la ONU que señala nominalmente a los Emiratos es exactamente el material que transforma un agravio nacional en una restricción internacional. Argel cuenta aquí con aliados objetivos: ni Suiza ni Austria pagan rescates, por principio declarado, precisamente para no financiar el terrorismo.
A ello se suman las palancas ya activadas —control fronterizo e inteligencia, cierre del espacio aéreo, denuncia de los acuerdos sectoriales— y una vía diplomática aún poco explotada: llevar el expediente ante la Unión Africana, donde la cuestión de la financiación exterior de los grupos armados desborda con mucho el contencioso argelino-emiratí.
La opción contraria —proyectar una fuerza ofensiva en todas direcciones, de Libia a Sudán, de Somalia a la RDC— pierde en sus propios términos. La no injerencia es el principal activo diplomático de Argel: es lo que confiere peso a la acusación dirigida contra Abu Dabi. Dilapidarla equivaldría a entregar a los Emiratos y a Rabat el argumento que buscan, y a canjear la posición de denunciante creíble por la de parte en el conflicto.
X. Lo que la ruptura no dice
La honestidad analítica obliga a marcar los límites. Argel afirma disponer de pruebas y no ha hecho pública ninguna; el comunicado permanece deliberadamente genérico. Abu Dabi rechaza en bloque las acusaciones, en Sudán y en todas partes. Y algunos observadores leen la decisión con otra clave: la de una diplomacia argelina que acumula rupturas —Rabat, Madrid, Bamako y ahora Abu Dabi— a riesgo de un aislamiento regional, y en la que la firmeza exterior cumple también una función interna.
Estas objeciones son atendibles. No disuelven, sin embargo, el fondo del expediente. Entre un Estado que define su seguridad por la estabilidad de sus vecinos y un Estado que proyecta su influencia financiando actores armados, la contradicción era estructural. Solo esperaba su detonante.
Belgacem Merbah
Fuentes: comunicado del Ministerio argelino de Asuntos Exteriores del 10 de septiembre de 2026 (APS); declaraciones presidenciales de marzo de 2024, enero y julio de 2026; informes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la financiación del terrorismo en el Sahel; France 24, Jeune Afrique, TSA, El Watan, Afrik.com, Mondafrique, Swissinfo (2025-2026).
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