De Bugía a Al-Quds, de Tremecén a Argel, Argelia nunca ha regateado su lealtad a la Umma. Frente a ella, cinco siglos de alianzas del trono jerifiano con Madrid, Lisboa, París y Tel Aviv. Esta es la historia que algunos preferirían que olvidáramos.
Hay pueblos que escriben su historia con su sangre, y regímenes que la reescriben con sus comunicados. El trono marroquí se presenta hoy como el guardián de Al-Quds y el heredero de los libertadores de Jerusalén. Pero la historia tiene memoria. Recuerda a quienes respondieron a la llamada, y a quienes miraron hacia otro lado.
Quede claro: este texto no va dirigido contra el pueblo marroquí, pueblo hermano que sale a la calle por Gaza y que comparte con nosotros la fe, la lengua y una larga historia común. Va dirigido contra un poder, el Majzén, y contra una constante de su política.
Sidi Bumedián, hijo de Bugía y de Tremecén al servicio de Al-Quds
Abu Madyan Shu'ayb, a quien nuestros antepasados llaman Sidi Bumedián al-Gawz, nació en 1126 en Cantillana, en al-Ándalus. Pero fue Argelia la que hizo de él un gigante. En Bugía, entonces una de las capitales intelectuales del mundo musulmán, enseñó durante largos años y formó a generaciones de discípulos. Llamado por el califa, murió en el camino cerca de Tremecén. Descansa en El Eubbad, en las alturas de la ciudad, donde su mausoleo nunca ha dejado de recibir visitantes. Su memoria viva late entre Bugía y Tremecén: es argelina.
La tradición cuenta que, tras su peregrinación, se unió al ejército de Saladino en Palestina y combatió a los cruzados, a costa de su mano izquierda. Tras la reconquista de Jerusalén en 1187, Saladino repartió entre sus compañeros tierras y barrios de la ciudad. Al nombre de Sidi Bumedián quedó unida la aldea de Ein Karem, a las puertas de Jerusalén.
En 1320, un bisnieto del santo registró en escritura solemne los bienes de esta fundación piadosa: el waqf de Abu Madyan. Se convirtió en el corazón del barrio magrebí, al pie de la mezquita de Al-Aqsa. Durante más de seis siglos, sus rentas alimentaron, cuidaron y dieron cobijo a los peregrinos norteafricanos en camino hacia La Meca y Medina. Cuando el islamólogo Louis Massignon estudió la escritura en 1949, la llamó sin vacilar el «waqf tremecení». No era una reivindicación nacionalista: era el vocabulario de los sabios.
Incluso en el siglo XX, Francia, entonces potencia colonial, financiaba el barrio en nombre de Argelia. Massignon advirtió a París de que el islam argelino jamás le perdonaría dejar morir la fundación de Sidi Bumedián. El vínculo entre Jerusalén y Argelia era evidente para todos, incluso para el ocupante.
Cuando Saladino llamó, Marrakech se desentendió
En 1189, los cruzados sitiaban Acre y la Tercera Cruzada amenazaba con recuperar todo lo que el islam había reconquistado. Saladino envió a un embajador, Ibn Munqidh, ante el califa almohade Yaqub al-Mansur, en Marrakech, para pedirle una flota que rompiera el bloqueo. Según los cronistas, el califa se negó, ofendido porque la carta no le daba el título de Príncipe de los Creyentes. Una cuestión de protocolo pesó más que el destino de Tierra Santa.
Ese fue el primer acto de una larga tradición: las llamadas de la Umma chocaron a menudo con el orgullo y los cálculos del trono de Occidente.
Los saadíes, aliados de España y Portugal
En el siglo XVI, la Reconquista había expulsado al islam de al-Ándalus. Argel, bajo los hermanos Barbarroja y luego bajo la bandera otomana, se convirtió en el baluarte del Magreb: acogía a los moriscos perseguidos y hacía frente a las flotas españolas. Mientras tanto, en Fez y Marrakech, los sultanes saadíes tomaban otro camino.
Mohammed al-Sheij negoció una alianza con España contra Argel, a través del gobernador español de Orán, ocupante de una tierra musulmana. En 1578, el pretendiente al-Mutawakkil llamó al rey Sebastián de Portugal y a su ejército cruzado para recuperar su trono. Ahmad al-Mansur, presentado como el más grande de los saadíes, ofreció una alianza militar a la Inglaterra isabelina. En 1591, lanzó sus tropas contra el Imperio songhai, un reino musulmán, saqueó Tombuctú y deportó a sus sabios.
En 1610, el sultán al-Mamún entregó la ciudad de Larache a España. Ninguna derrota militar lo explica: fue el precio del apoyo español contra su propio hermano. Una tierra del islam ofrecida al enemigo por una disputa de palacio.
El emir Abdelkader, entregado por su vecino
En el siglo XIX, Francia invadió Argelia. Un hombre se alzó: el emir Abdelkader, sabio, sufí y jefe militar, que resistió durante quince años al primer ejército de Europa. Buscó, como era natural, refugio y apoyo en su vecino musulmán del oeste.
Tras la derrota de Isly en 1844, el sultán Muley Abderrahmán firmó el Tratado de Tánger y se comprometió a declarar al emir fuera de la ley. En 1847, las tropas marroquíes hostigaron a Abdelkader y lo acorralaron entre ellas y el ejército francés hasta su rendición. El Majzén sirvió de auxiliar a la conquista colonial de Argelia. Nuestros abuelos nunca lo olvidaron.
1963: golpear a Argelia en su cuna
En 1962, Argelia arrancó su independencia al precio de un millón y medio de mártires. El país estaba exhausto, sus aldeas quemadas, sus instituciones por construir. Ese fue el momento que eligió el reino para lanzar la Guerra de las Arenas y reclamar Tinduf y Béchar. Apenas un año después de la liberación, un vecino que se decía hermano golpeaba a un pueblo aún de luto.
Hasán II e Israel: la alianza en la sombra
Desde los años sesenta, el trono tejió una cooperación secreta con Israel. La emigración de los judíos marroquíes se negoció a cambio de contrapartidas. Se sospecha que el Mosad echó una mano en la desaparición del opositor Mehdi Ben Barka. Más grave aún: en 2016, un antiguo jefe de la inteligencia militar israelí reveló que Israel había tenido acceso a las deliberaciones de la cumbre árabe de Casablanca de 1965. Dos años después estallaba la Guerra de los Seis Días.
En la noche del 10 al 11 de junio de 1967, las excavadoras israelíes arrasaron el barrio magrebí de Jerusalén. Ocho siglos de historia, las casas del waqf de Sidi Bumedián, familias venidas de todo el Magreb: todo desapareció en pocas horas bajo lo que sería la explanada del Muro. Menos de veinte años después, en 1986, Hasán II recibía a Shimon Peres en Ifrán.
2020: Al-Quds a cambio del Sáhara
En diciembre de 2020, Rabat se sumó a los Acuerdos de Abraham. A cambio, Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio cuya descolonización aún espera Naciones Unidas. Llegaron después un acuerdo de defensa, drones y una cooperación de seguridad abierta. El presidente del Comité Al-Quds cambió la causa palestina por un territorio que él mismo ocupa.
Y ahora ese mismo poder se envuelve en el legado de Bab al-Magariba, la Puerta de los Magrebíes, último vestigio del barrio arrasado. Juega con una palabra: en árabe, al-Magrib designa a la vez el Magreb y Marruecos. «Al-Magariba», los magrebíes, se convierten así en su discurso en «los marroquíes». Pero el waqf nunca perteneció a un reino. Estaba destinado a todos los hijos del Magreb, de Tremecén a Túnez, y su principal fundador reposa en tierra argelina. Nadie puede reclamar las piedras de un barrio y estrechar la mano de quienes lo destruyeron.
Argelia, fiel a su palabra
Argelia nunca ha necesitado reivindicar Jerusalén para defenderla. Fue en Argel donde se proclamó el Estado de Palestina, el 15 de noviembre de 1988. Fue un presidente argelino, Huari Bumedián, quien resumió en una frase la postura de todo un pueblo: «Estamos con Palestina, sea opresora u oprimida». Llevaba el nombre del santo de Tremecén. Ocho siglos los separan; la misma lealtad los une.
De los saadíes al Majzén de hoy, el hilo es continuo: primero la alianza con el extranjero, después la fraternidad, siempre que no cueste nada. De Sidi Bumedián al emir Abdelkader, de los muyahidines de 1954 a las posiciones firmes de la Argelia independiente, otro hilo recorre los siglos. Se llama lealtad. La historia juzgará. Ya ha empezado a hacerlo.
Belgacem MerbahPara saber más: Vincent Lemire, Au pied du Mur. Vie et mort du quartier maghrébin de Jérusalem (1187-1967), Seuil, 2022.
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