Desde el otoño de 2025, una melodía discreta se ha instalado en algunas cancillerías y redacciones: la de una reconciliación inminente entre Argelia y Marruecos. El enviado estadounidense Massad Boulos ha multiplicado sus viajes entre Argel y Rabat, el rey Mohammed VI tendió la mano al presidente Abdelmadjid Tebboune tras la adopción de la resolución 2797 del Consejo de Seguridad, y algunos think tanks europeos no dudan ya en invocar el precedente franco-alemán.
Esta lectura descansa sobre un malentendido de fondo. Confunde la distensión que desean terceros con las condiciones reales de una reconciliación. Esas condiciones no se dan hoy, y nada indica que vayan a darse a medio plazo.
Una ruptura de fondo, no un incidente diplomático pasajero
La ruptura de relaciones del 24 de agosto de 2021 no fue un arrebato. Vino a sancionar una acumulación de actos que Argel consideró hostiles: la nota diplomática marroquí en la ONU que invocaba un supuesto «derecho a la autodeterminación» de la Cabilia, las declaraciones del ministro israelí de Asuntos Exteriores contra Argelia desde suelo marroquí, el caso Pegasus y el apoyo atribuido a organizaciones que Argelia califica de terroristas.
Estos agravios afectan a lo más sensible que posee un Estado: su integridad territorial y su seguridad interior. Un ataque a la unidad nacional no se borra con una cumbre ni con un apretón de manos ante las cámaras. Mientras Rabat no haya reconocido ni corregido esos actos, hablar de reconciliación equivale a pedir a Argel que borre la causa y conserve la consecuencia.
Dos visiones irreconciliables del Magreb
En el fondo, la ruptura consagró el choque entre dos doctrinas. Argelia defiende la intangibilidad de las fronteras heredadas de la descolonización, la soberanía de los Estados y el derecho de los pueblos a la libre determinación. No son posiciones tácticas: son los cimientos de su diplomacia desde 1962, heredados de su propia guerra de liberación.
Marruecos, por su parte, ha construido parte de su proyecto nacional sobre reivindicaciones territoriales, desde el Sáhara Occidental hasta las referencias recurrentes, en ciertos círculos, a un supuesto «Sáhara Oriental». La cuestión saharaui no es un litigio bilateral que se pueda resolver entre dos capitales: es una cuestión de descolonización inscrita en la ONU, de la que Argelia no es parte pero cuyo principio defiende. Pedirle que renuncie a ella en nombre de la buena vecindad es pedirle que reniegue de su doctrina de Estado.
La resolución 2797 no desbloqueó nada: endureció las posiciones
Los partidarios de la reconciliación presentan la resolución 2797 del Consejo de Seguridad, adoptada el 31 de octubre de 2025, que convierte el plan de autonomía marroquí en la base de un arreglo político, como un punto de inflexión que habría relajado el clima regional. Es exactamente lo contrario. Para Argel, un texto que privilegia una solución unilateral en detrimento de la autodeterminación no cierra el expediente: lo agrava. La mano tendida que vino después se parece menos a una oferta de paz que a una invitación a aceptar el hecho consumado.
Toda reconciliación exige un mínimo de convergencia sobre los asuntos que provocaron la ruptura, y en el más importante de ellos la brecha nunca ha sido tan profunda.
El eje de seguridad Rabat–Tel Aviv: una línea roja estructural
Desde la normalización de diciembre de 2020, Marruecos ha tejido con Israel una cooperación militar, de seguridad y tecnológica, formalizada ya en noviembre de 2021. Para Argelia, cuyo apoyo a la causa palestina es un pilar de su identidad diplomática, la presencia de un socio estratégico de Israel en su frontera occidental no es un detalle: es una transformación de su entorno de seguridad.
Ninguna reconciliación es concebible mientras esta alianza, que abarca inteligencia, vigilancia y drones, siga siendo un pilar de la política marroquí. Y Rabat nunca ha dado a entender que pudiera replanteársela.
Argel no necesita esta reconciliación
Este es el argumento central que olvidan los promotores de la distensión: una reconciliación se negocia entre dos partes que tienen interés en ella. Cinco años después de la ruptura, Argelia ha demostrado que puede prescindir de ella.
El gas argelino sigue llegando a España sin transitar por territorio marroquí. El cierre del gasoducto Magreb-Europa hizo pasar a Marruecos de país de tránsito a importador dependiente de las infraestructuras españolas. El cierre del espacio aéreo ha impuesto costes duraderos a Royal Air Maroc. Mientras tanto, Argel ha consolidado su diplomacia energética, reforzado sus capacidades de defensa y ampliado su influencia en el Sahel, hasta el reciente acercamiento con Bamako.
En otras palabras, la correlación de fuerzas surgida de 2021 favorece a Argelia. Reabrir el juego sin contrapartida supondría devolver gratuitamente a Rabat las bazas que perdió: el tránsito del gas, los corredores aéreos, la profundidad geográfica. Ninguna potencia racional hace semejante regalo.
Una mediación al servicio de otras agendas
Por último, hay que preguntarse quién impulsa esta reconciliación, y por qué. La mediación estadounidense responde a una lógica de anclar el Magreb en una arquitectura de seguridad occidental, competir con Rusia y China en África y consolidar los Acuerdos de Abraham. Son objetivos comprensibles desde la óptica de Washington, pero no son los de Argelia.
Argelia siempre ha defendido el no alineamiento y la soberanía de sus decisiones. Aceptar una reconciliación cuyo calendario, marco y condiciones se fijen desde fuera contradiría ese principio fundacional. La paz regional es un objetivo legítimo; una paz dictada por agendas ajenas no es paz.
Conclusión: el statu quo no es un fracaso, es una posición
La relación argelino-marroquí no está en guerra. Está congelada, y esa congelación es fruto de una decisión meditada: romper sin combatir, imponer un coste sin provocar una escalada. Esta opción ha preservado la estabilidad regional y, a la vez, ha protegido los intereses nacionales.
La reconciliación solo será concebible cuando hayan desaparecido sus causas: el cuestionamiento de la unidad nacional argelina, el callejón sin salida impuesto al pueblo saharaui y la instalación de un dispositivo de seguridad hostil en la frontera occidental. Ninguna de estas condiciones se cumple hoy.
Hasta entonces, la cuestión no es cuándo se reconciliará Argelia con Marruecos. Es si Marruecos está dispuesto a cambiar las políticas que hicieron necesaria la ruptura. Mientras la respuesta sea no, la reconciliación seguirá siendo lo que es hoy: un deseo formulado en otra parte, al servicio de intereses que no son los de Argelia.
Belgacem Merbah
Comentarios
Publicar un comentario