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La distinción entre “régimen marroquí” y “pueblo marroquí”: ¿un marco analítico obsoleto?

Desde hace años, el discurso oficial argelino —tanto presidencial como gubernamental— sostiene con claridad una premisa constante: el desacuerdo no es con el pueblo marroquí, sino con el régimen que lo gobierna. Este principio mantiene una separación deliberada entre las sociedades y los aparatos estatales, en coherencia con una doctrina diplomática argelina que privilegia la solidaridad entre los pueblos y la oposición a las políticas expansionistas de los Estados, no a las sociedades civiles.

Sin embargo, la evolución del discurso social marroquí —en particular en redes y ciertos segmentos de opinión— plantea hoy un desafío analítico de envergadura: una parte sustantiva de la retórica hostil dirigida contra Argelia —insultos, ataques identitarios, y referencias al “Sáhara oriental”— no emana de los oficiales marroquíes, sino de franjas significativas de la propia sociedad.

Esta realidad obliga a interrogar la pertinencia geopolítica de mantener indefinidamente la distinción “pueblo vs. régimen” en el caso marroquí.

1) Una hostilidad popular marcada: ¿mero reflejo del régimen o adhesión ideológica?

Que la mayoría de los relatos hostiles hacia Argelia procedan de individuos corrientes y no de instituciones oficiales merece una reflexión detenida. Esa hostilidad se expresa de múltiples formas:

  • Insultos y descalificaciones contra Argelia y los argelinos;
  • Difusión de una cartografía expansionista que engloba el Sáhara Occidental y porciones del occidente argelino;
  • Discursos negacionistas sobre la identidad nacional argelina;
  • Normalización de la idea de redibujar fronteras en beneficio de Marruecos.

Sería analíticamente ingenuo interpretar esto como una espontaneidad popular pura. La sociedad marroquí se desenvuelve en un entorno donde el Estado ejerce desde hace décadas un control narrativo masivo, sobre todo a través de la escuela, los medios oficiales y la producción cultural. No es indicio de una supuesta “naturaleza” hostil de un pueblo, sino el resultado de una ingeniería ideológico‑escolar estructurada.

2) La escuela marroquí: un viejo vector de construcción identitaria orientada

Los programas escolares marroquíes han consagrado por largo tiempo el mito de una “marroquinidad histórica” extendida, alimentado por una lectura selectiva de la etapa precolonial. La cartografía expansionista enseñada a los niños ha devenido una normalidad cognitiva.

Este proceso no es solo doctrinal:

  • Estructura la percepción de lo real;
  • Moldea las emociones políticas;
  • Forja una generación entera persuadida de que Marruecos ha sido amputado de territorios “naturales”.

Así, no es el pueblo entendido como entidad autónoma quien produce estos discursos, sino la resultante de una arquitectura ideológica metódica desplegada por el Estado marroquí desde la década de 1960.

3) La difusión digital: acelerador de la doctrina expansionista

Las redes sociales no crean la doctrina; la liberan y la amplifican.
La palabra marroquí hostil a Argelia no se aparta del marco narrativo estatal: es su eco, su reapropiación y, a veces, su sobrerreacción.

La virulencia popular no es, por tanto, independiente del régimen: es el régimen —por medio de la educación y la comunicación— quien la fabrica, y el espacio digital quien la revela y acelera.

4) ¿Debe mantenerse la separación conceptual “régimen vs. pueblo”?

La advertencia contra la conservación rígida de esta separación se inscribe en una lógica defensiva: sostener artificialmente la imagen de un “pueblo hermano” cuando amplios segmentos populares abrazan las narrativas expansionistas del régimen puede:

  • Debilitar la vigilancia de la sociedad argelina;
  • Atenuar la percepción del peligro ideológico;
  • Obstaculizar la identificación precisa de los vectores de hostilidad;
  • Alimentar un mito desconectado de las realidades geopolíticas actuales.

Desde una óptica doctrinal y analítica, cuando una sociedad adopta las narrativas del régimen, la disociación plena entre ambos deviene insostenible en la evaluación estratégica.
Con todo, es esencial evitar la esencialización global: la hostilidad observada no expresa de manera innata a un pueblo entero, sino el producto de un condicionamiento político y escolar sistemático. La prudencia estratégica argelina debe considerar este fenómeno sin deslizarse hacia generalizaciones etno‑nacionales.

5) Hacia una doctrina argelina realista y vigilante

Una vía equilibrada podría consistir en:

a) Reconocer la realidad sociológica:
La existencia de una franja significativa de la opinión marroquí que hoy adhiera a tesis expansionistas.

b) Identificar la causa:
No una hostilidad “natural”, sino un constructo ideológico estatal de largo aliento.

c) Adaptar la comunicación estratégica argelina:
Sin colapsar la distinción entre pueblo y régimen, es necesario admitir públicamente que:

  • La sociedad marroquí ha sido moldeada por un proyecto expansivo;
  • El riesgo no proviene solo de las élites, sino de representaciones popularizadas.

d) Reforzar la vigilancia nacional:
Informar al pueblo argelino sobre las dimensiones del conflicto: oficiales, ideológicas y societales.

Conclusión: un ajuste analítico necesario

Afirmar que la distinción entre el régimen marroquí y el pueblo marroquí ha perdido todo sentido puede ser excesivo si deviene un juicio global sobre millones de personas. Pero sostener que esa distinción es insuficiente desde el punto de vista estratégico, y que el cuerpo social marroquí se halla hoy imbuido de narrativas expansionistas de origen estatal, constituye una lectura fundada.

La vigilancia argelina no debe descansar en una visión romántica o ingenua de solidaridad automática entre pueblos, sino en una comprensión clara de un hecho en evolución: la ideología expansionista marroquí se ha transformado en cultura política socialmente interiorizada, y ya no es solo el discurso de las élites.


Por Belgacem Merbah



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