La Criminalización del Colonialismo Francés: Una Ley Argelina en el Corazón de la Memoria y la Soberanía
En las profundidades de la historia, ciertas páginas resisten el cierre, dejando sombras persistentes que acechan las conciencias colectivas. Argelia, nación forjada en las llamas de una resistencia inquebrantable, se apresta a grabar en su legislación nacional una condena solemne del colonialismo francés. Impulsada por una coalición multipartidista de diputados, esta propuesta de ley —cuyos debates plenarios están programados en la Asamblea Popular Nacional (APN) los días 20, 21 y 24 de diciembre de 2025— califica los 132 años de ocupación (1830-1962) como un «crimen de Estado imprescriptible». Atribuye a Francia la plena responsabilidad jurídica por una letanía de crímenes contra la humanidad, exigiendo reconocimiento oficial, disculpas y reparaciones.
En el núcleo de este texto, organizado en capítulos rigurosos —definición de objetivos, catálogo de violaciones, mecanismos de justicia histórica—, se encuentra un registro documentado de unas treinta atrocidades: matanzas masivas, ejecuciones sumarias, desplazamientos forzados, saqueo sistemático de recursos, intentos de alienación cultural y privación de los derechos más básicos del pueblo argelino en los ámbitos político, humano, económico y social. Los redactores enfatizan las consecuencias duraderas, desde los ensayos nucleares en el Sáhara hasta las minas antipersonal cuyos mapas de diseminación París aún retiene. El proyecto se ancla en el derecho internacional, invocando principios imprescriptibles de las convenciones de la ONU y resoluciones recientes de la Unión Africana, notablemente las de febrero de 2025 que reconocen el colonialismo como crimen contra la humanidad.
Esta iniciativa no es un capricho legislativo aislado, sino la culminación de un largo recorrido. Revivida en marzo de 2025 por una comisión ad hoc bajo la égida del presidente de la APN, Ibrahim Boughali, responde a un deber moral hacia los mártires de la Revolución y a la imperiosa necesidad de salvaguardar la memoria nacional contra cualquier falsificación. Marca una ruptura con los intentos fallidos de décadas anteriores, a menudo obstaculizados por consideraciones diplomáticas. Hoy, ante la persistente evasión francesa de un reconocimiento pleno de las tragedias coloniales, Argelia afirma su derecho soberano a legislar sobre su pasado, como lo han hecho otros pueblos liberados de yugos imperiales.
Un Análisis Político: Las Implicaciones para las Relaciones Franco-Argelinas
Políticamente, esta ley se inscribe en una relación bilateral ya frágil por disputas memoriales crónicas. Seis décadas después de la independencia, los lazos entre Argel y París oscilan entre cooperación pragmática —comercio, energía, migración— y crisis recurrentes, a menudo avivadas por declaraciones francesas percibidas como negacionistas o por escaladas nacionalistas de ambos lados. La probable adopción de este texto «histórico», como lo califican los parlamentarios argelinos, arriesga inaugurar una nueva fase de tensiones, quizá incluso una ruptura parcial.
En primer lugar, cristaliza el rechazo argelino a cualquier «igualdad entre víctima y verdugo», según las palabras de los diputados. Al criminalizar no solo los actos pasados sino potencialmente su glorificación, la ley podría prohibir o penalizar en Argelia cualquier apología del colonialismo, complicando los intercambios culturales o académicos. Más concretamente, abre la vía a reclamaciones judiciales internacionales: restitución íntegra de archivos, mapas de sitios contaminados, compensaciones para víctimas de ensayos nucleares y minas. Estas demandas, legítimas bajo el derecho internacional, chocarán inevitablemente con las sensibilidades francesas, donde los debates sobre la penitencia colonial dividen profundamente la sociedad —desde la extrema derecha que niega los crímenes hasta la izquierda que aboga por el reconocimiento.
Las repercusiones diplomáticas podrían ser inmediatas y profundas. En un contexto de relaciones ya tensas —crisis migratorias, diferendos sobre el Sáhara Occidental, acusaciones mutuas de mala fe—, esta ley refuerza la posición argelina como guardiana intransigente de su memoria, forjando un consenso nacional en torno al liderazgo. En París, podría provocar reacciones defensivas: condenas oficiales por «instrumentalización del pasado», posibles medidas retaliatorias en visados o acuerdos económicos, y un endurecimiento del discurso interno que alimente narrativas de un «anti-francesismo» argelino.
Sin embargo, paradójicamente, esta confrontación podría abrir una brecha hacia una catarsis genuina. Al obligar a Francia a enfrentar su pasado sin ambigüedades, invita a una reconciliación fundada no en el olvido, sino en la verdad compartida. Los gestos unilaterales de Emmanuel Macron —reconocimiento de crímenes aislados— se revelarán insuficientes ante una demanda argelina ahora codificada. A largo plazo, tal ley podría acelerar procesos de justicia transicional, similares a los observados en otros lugares, fomentando una relación serena liberada de fantasmas no sepultados.
En definitiva, esta propuesta legislativa trasciende el ámbito jurídico: es un acto político de soberanía, una afirmación elegante de la dignidad recuperada de un pueblo. Recuerda que la historia no es una herencia congelada, sino un diálogo vivo entre pasado y futuro. Si acentúa las tensiones a corto plazo, sienta las bases para una relación franco-argelina finalmente madura, donde el reconocimiento mutuo prevalezca sobre los rencores acumulados. Argelia, al criminalizar el colonialismo, no busca venganza, sino justicia —esa virtud eterna que eleva a las naciones por encima de sus heridas.
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