El anuncio realizado por Abdelmadjid Tebboune sobre el lanzamiento efectivo del gasoducto transahariano que unirá Nigeria con Argelia a través de Níger constituye un giro estratégico de gran envergadura en la geopolítica energética del continente. Al precisar que las obras en territorio nigerino comenzarán inmediatamente después del mes de Ramadán, el Jefe de Estado envía una señal inequívoca: el proyecto competidor Nigeria–Marruecos pertenece ya al pasado. Conviene recordar que Argelia ya ha completado la parte del trazado situada en su territorio, llevando la infraestructura hasta la frontera nigerina, a la altura de In Guezzam, demostrando así su preparación y su determinación para materializar este corredor energético de alcance continental.
Una señal política contundente
El anuncio presidencial no es una declaración técnica más. Llega en un momento de reconfiguración energética global, en el que Europa busca alternativas fiables al gas ruso y en el que las rutas energéticas se convierten en instrumentos de influencia geopolítica.
El proyecto argelino-nigeriano —conocido como Trans-Saharan Gas Pipeline (TSGP)— no es nuevo. Fue concebido a inicios de los años 2000 como un corredor estratégico destinado a conectar las vastas reservas nigerianas con las infraestructuras argelinas ya vinculadas al mercado europeo. Su lógica es simple: Argelia dispone de una red gasífera operativa, conectada directamente a Europa mediante gasoductos funcionales y terminales de GNL.
En cambio, el proyecto Nigeria–Marruecos, de más de 5.000 kilómetros a lo largo de la fachada atlántica, requería la construcción completa de nuevas infraestructuras que atravesaran una quincena de países costeros con realidades políticas, económicas y de seguridad sumamente heterogéneas. Técnicamente ambicioso y diplomáticamente atractivo sobre el papel, sufría sin embargo de un defecto esencial: la ausencia de viabilidad financiera y estratégica real.
El realismo frente a la comunicación
El gasoducto transahariano ofrece tres ventajas estructurales fundamentales:
- Una distancia considerablemente más corta.
- Una conexión inmediata con la red europea a través de Argelia.
- Una cooperación trilateral ya institucionalizada entre Argel, Niamey y Abuya.
Por el contrario, el proyecto Nigeria–Marruecos se apoyaba más en una lógica de imagen y diplomacia de influencia que en una racionalidad energética tangible. Su coste estimado —que superaba ampliamente los 25.000 millones de dólares según varias proyecciones— planteaba dudas sobre su financiación en un contexto internacional marcado por la transición energética y la creciente prudencia de los inversores.
El anuncio de Abdelmadjid Tebboune consagra así un auténtico cambio de paradigma: se abandona el terreno de los protocolos de intención para entrar de lleno en el de la ejecución concreta.
También cabe recordar que Italia ha expresado recientemente su apoyo a este proyecto, considerándolo un instrumento esencial para garantizar a largo plazo su suministro de gas y liberarse definitivamente de la dependencia del gas ruso.
El factor nigerino: un elemento decisivo
La precisión de que las obras en territorio nigerino comenzarán tras el Ramadán es fundamental. Significa que Niamey está plenamente comprometido con la dinámica transahariana. Y sin Níger, ninguno de los dos proyectos habría sido viable desde el punto de vista geográfico.
Al consolidar el eje Argel–Niamey–Abuya, Argelia fortalece una profundidad estratégica saheliana que supera ampliamente la dimensión energética. El gasoducto se convierte en un instrumento de integración regional y en un motor de estabilización económica para Níger.
En cambio, el proyecto atlántico queda desprovisto de credibilidad estratégica. Sin un anclaje continental sólido y sin un calendario de ejecución concreto, queda relegado al rango de mera proyección diplomática sin traducción operativa.
La realidad de los mercados energéticos
Los mercados europeos buscan hoy tres criterios esenciales: seguridad, rapidez y fiabilidad.
Argelia ya ofrece:
- Gasoductos operativos hacia Europa.
- Una trayectoria histórica como proveedor fiable.
- Capacidades de ampliación existentes.
El proyecto transahariano se inscribe así en una lógica de optimización de infraestructuras ya existentes. Por el contrario, el trazado atlántico requería la construcción de un corredor completamente nuevo, expuesto a riesgos marítimos, políticos y financieros.
En un contexto en el que los inversores priorizan la reducción del riesgo, la opción racional se vuelve evidente.
Conclusión estratégica
Afirmar que el proyecto Nigeria–Marruecos está «muerto y enterrado» ya no es una polémica sino una simple constatación: la de la credibilidad. En el mundo de la energía, un proyecto solo existe cuando las máquinas empiezan a moverse y el suelo a vibrar. Al anunciar el inicio efectivo de las obras justo después del Ramadán, el presidente Abdelmadjid Tebboune ha hecho pasar el gasoducto transahariano del plano de las intenciones al de las realizaciones. En la geopolítica del gas, no es el discurso lo que marca el ritmo, sino la ejecución.
Todo indica ahora que la historia energética de la región se articula alrededor de un eje transahariano sólido y coherente, mientras que la opción atlántica se desvanece progresivamente. En un momento en que las placas tectónicas de la energía mundial se desplazan, Argelia avanza como acostumbra: con la paciencia del constructor y la discreción del estratega. En este proceso silencioso de recomposición se inscribe el anuncio hecho en Argel, con motivo de la visita del presidente nigerino: el lanzamiento efectivo de la fase nigerina del gasoducto Nigeria–Níger–Argelia, la columna vertebral destinada a unir las riquezas gasíferas del golfo de Guinea con las orillas del Mediterráneo.
Detrás de las palabras medidas del Jefe de Estado —«los procedimientos prácticos comenzarán inmediatamente después del Ramadán»— se perfila un giro continental. El gasoducto no es un sueño surgido de las arenas: es el fruto de estudios minuciosos, negociaciones maduras y una confianza cimentada entre tres países que ven en este eje Sur–Norte el motor de un nuevo desarrollo saheliano. Argelia defiende una visión basada en la estabilidad, el pragmatismo y la inversión tangible, lejos de los artificios mediáticos y de las utopías superficiales.
Mientras tanto, el proyecto atlántico promovido por Marruecos se hunde en sus propias contradicciones. Diseñado para atravesar más de una decena de países, descansa más en la espectacularización política que en fundamentos técnicos o financieros sólidos. Costes desproporcionados, obstáculos geopolíticos y ausencia de rentabilidad comprobada hacen que los especialistas lo consideren un espejismo tan seductor como inalcanzable. No se construye una infraestructura continental con comunicados entusiastas.
Por el contrario, el corredor Nigeria–Níger–Argelia se impone por su lógica evidente: un trazado directo y coherente apoyado en infraestructuras ya conectadas con Europa. Basta con extender una red existente para canalizar un nuevo flujo. Esta continuidad —simple pero decisiva— confiere al proyecto una solidez que no alcanzan las construcciones mediáticas.
En un mundo que busca desesperadamente nuevas fuentes de energía, África aspira a tener una voz más fuerte. Con la sobriedad de sus anuncios y la firmeza de sus compromisos, Argelia envía un mensaje claro: el desarrollo no se proclama, se construye. No sobre espejismos, sino sobre proyectos reales, arraigados en la tierra, capaces de unir a las naciones y de dibujar, más allá de la retórica, los contornos de un futuro compartido.
Por Belgacem Merbah
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