En un artículo titulado «¿Cuánto tiempo más elegirán los historiadores argelinos cabalgar sobre los mitos de la falsa historia?», publicado en un sitio marroquí, Bernard Lugan retoma una tesis que defiende desde hace muchos años: la de una relectura revisionista de la historia argelina destinada a relativizar, o incluso negar, las continuidades históricas del Magreb central anteriores a la colonización francesa.
Esta manera de proceder es reveladora. En lugar de debatir las fuentes, los hechos, las continuidades históricas y los archivos, Bernard Lugan prefiere desplazar el debate hacia el terreno psicológico e ideológico. Ya no es el argumento el que se examina, sino la intención supuesta de quien lo formula. Este procedimiento, cómodo pero pobre, permite evitar la cuestión esencial: la de la profundidad histórica de Argelia.
Y ahí está el núcleo del debate. Para sostener que Argelia sería una creación de la colonización francesa, Bernard Lugan debe proceder a una serie de borrados sucesivos. Debe quitarle a Argelia sus pueblos antiguos, sus reinos medievales, sus ciudades sabias, sus dinastías, sus instituciones sociales, sus paisajes saharianos, su Regencia, su diplomacia, su patrimonio marítimo, sus resistencias y sus continuidades intelectuales. Luego, tras haber organizado este vacío, lo presenta como una prueba.
Este método no es el de un historiador que avanza en la complejidad de las fuentes. Se trata más bien de una empresa de reducción: reducir Argelia a una construcción administrativa reciente para negar todo aquello que, antes de Francia, testimonia una historia política, social, cultural y territorial propia del Magreb central.
Una asimetría metodológica evidente
La paradoja de Bernard Lugan radica en su manera de aplicar dos marcos de lectura distintos según hable de Marruecos o de Argelia.
Cuando se trata de Marruecos, acepta con gusto la idea de una larga duración histórica hecha de rupturas, recomposiciones, dinastías sucesivas, herencias simbólicas y continuidades políticas. Los idrísidas, los almorávides, los almohades, los meriníes, los saadíes y los alauíes pueden así formar, a pesar de sus discontinuidades, una trama histórica nacional.
Pero cuando se trata de Argelia, la más mínima discontinuidad se convierte en una prueba de no existencia. La menor suzeranía se asimila a una colonización. El menor desbordamiento territorial se transforma en objeción. La menor complejidad histórica sirve de pretexto para la negación.
Esta asimetría está en el corazón del problema. Si se aplicaran a Marruecos los criterios que Bernard Lugan impone a Argelia, una gran parte de la continuidad marroquí quedaría también fragilizada. Sin embargo, no lo hace. Por lo tanto, su método no es universal; es selectivo.
Los pueblos antiguos y la larga duración norteafricana
Bernard Lugan reprocha a los historiadores argelinos el evocar a los libios antiguos, los númidas, los gétulos, los moros o los garamantes, como si esta referencia consistiera en transformar abusivamente a pueblos antiguos en ciudadanos argelinos antes de tiempo.
La objeción es fácil, pero falla en su objetivo.
Nadie pretende que los libios antiguos poseían un documento de identidad argelino. La cuestión es la de la larga duración histórica, de las continuidades líbico-bereberes, de las estructuras culturales, de los poblamientos, de los espacios de circulación y de los focos políticos de la antigua África del Norte.
Heródoto, Salustio, Estrabón, Plinio el Viejo o Ptolomeo no describen, evidentemente, Estados modernos. Sin embargo, dan testimonio de un mundo norteafricano estructurado, diferenciado, atravesado por pueblos, reinos, alianzas, conflictos y continuidades que conciernen directamente a la historia del Magreb central.
Negar a Argelia el derecho de inscribir su historia en esta profundidad antigua, mientras se acepta que otras naciones movilicen su propia antigüedad en su relato histórico, equivale a instituir una policía selectiva de la memoria.
Masinisa, Juba II y las fronteras que la Antigüedad ignoraba
El caso de Masinisa y de Juba II ilustra perfectamente la incoherencia de esta lectura. Los reinos antiguos del Magreb desbordaban ampliamente las fronteras contemporáneas. Concernían a espacios que hoy pertenecen a varios Estados.
¿Debe, por esta razón, prohibirse a Argelia como a Marruecos integrarlos en su propia profundidad histórica? Evidentemente no.
Un enfoque serio exige reconocer que estas soberanías antiguas pertenecen a una historia norteafricana compartida, pero también que el Magreb central —con Cirta, Iol-Caesarea, los masilos, los masesilos, los gétulos y las rutas saharianas— constituye uno de sus principales focos.
La Francia conquistó Argelia; no la creó
El error central de Bernard Lugan consiste en confundir conquista y creación.
Francia conquistó Argelia. La administró, la redibujó, la violentó, la explotó y la transformó. Impuso sus leyes, sus categorías, sus divisiones, sus jerarquías y su aparato colonial. Pero no la creó.
No creó a los númidas, Tlemcen, Argel, el Tassili, las rutas saharianas, las ciudades, las resistencias ni las memorias que unen al Magreb central con el Mediterráneo, el Sahara y el Sahel.
Francia no construyó una casa vacía. Entró por la fuerza en una casa antigua, cambió las cerraduras, renombró las habitaciones, desplazó a los ocupantes, confiscó los bienes y luego pretendió ser su arquitecto.
Una historia herida, pero nunca borrada
La historia de Argelia es a la vez una memoria de sufrimiento y una reserva de dignidad.
Lleva las huellas de la conquista, de los despojos, de las masacres y de las destrucciones, pero también la memoria de resistencias continuas, de civilizaciones sucesivas, de luchas populares y de una guerra de liberación que marcó el siglo XX.
Argelia no es solo un territorio. Es una profundidad histórica habitada.
Conclusión
Cuestionar la profundidad histórica de Argelia no es un simple debate académico. Es retomar, bajo nuevas formas, la antigua ficción colonial de la “tabla rasa”: aquella según la cual Francia no habría conquistado un país, sino dado nacimiento a una realidad inexistente antes de ella.
Esta tesis no resiste ni a los pueblos antiguos, ni a los reinos medievales, ni a Tlemcen, ni a la Regencia de Argel, ni a las instituciones precoloniales, ni a las resistencias, ni a la guerra de liberación.
Argelia no fue inventada por Francia. Fue conquistada por ella y luego liberada de ella.
Y es precisamente esta verdad histórica la que ciertas nostalgias coloniales, incluso cuando se disfrazan de lenguaje erudito, siguen sin aceptar.
✍️ Por Belgacem Merbah
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